CUATRO PODEROSAS RAZONES QUE NOS ENSEÑA LA IGLESIA SOBRE LA ENCARNACION DEL HIJO DE DIOS

El Dios que se ha manifestado en la historia, el Dios revelado en la Biblia, el Dios anunciado por Jesucristo, el Dios dado a conocer por el Espíritu Santo en la Iglesia, el Dios creador de todo, se caracteriza por hacer maravillas y desde el Génesis hasta el Apocalipsis aparecen personas elegidas para ser testigos de acontecimientos que marcan la historia del ser humano en vía de salvación. En cada personaje bíblico, Dios tiene un encuentro, un llamado, una cita, una alianza de amor.

Uno de los grandes personajes escogidos fue Abraham, el padre de la fe. Lo sorprendente de este patriarca es que sin preguntas, sin miedos, sin excusas, está dispuesto a dejarse sorprender por el Dios autor de proezas. Abraham no es un joven vigoroso, sino un anciano que debe olvidar su pasado y creer en un futuro que se le mostrará. Un anciano que no deseaba nada, no exigía nada, al que no había que seducir, ni hablarle mucho, solo obedece y cree en todas las promesas que El Dios creador le ha prometido. Así, empieza una historia de amor de Dios con su pueblo, el cual elige, libera y da una tierra prometida.

El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob y de todos los patriarcas, revelaría un plan maravilloso que superaría incluso a la misma creación y elección. Los sucesos del Antiguo Testamento serían como una preparación para algo grande que vendría con majestuosidad. Este plan maravilló a los hombres y sorprendió a los ángeles del cielo y fue la encarnación de Jesucristo, el Hijo de Dios, el mesías esperado y nacido de una Virgen de Nazaret.

Para nosotros, es común escuchar, que Dios se encarnó, pero si nos detenemos un momento, quedaríamos extasiados ante semejante misterio tan profundo. Dios por la sobreabundancia de su gracia sacó el mayor de los bienes: la glorificación de su Hijo y nuestra Redención.

El Catecismo de la Iglesia se pregunta por que el verbo se encarnó? Da cuatro razones muy importantes que narran el actuar de Dios que hace maravillas[1].

  1. El Verbo se encarnó para salvarnos reconciliándonos con Dios.

Dios no dejó a la creatura bajo el poder del pecado, de la muerte, de la tristeza, de la desolación, sino que El en persona vino para rescatarnos y en el vientre purísimo de la siempre Virgen María quiso empezar su Reinado de salvación. Dios escribió con fuego del Espíritu Divino en el Antiguo Testamento este gran misterio dado a conocer a través de profetas y reyes. Para llegar a la gran noticia, el pueblo que andaba a oscuras vio una luz grande. Los que vivían en tierra de sombras, una luz brillo sobre ellos[2].

Dios se hizo hombre para buscar cada persona necesitada, confundida, herida, angustiada, pecadora, extraviada, oprimida y desorientada. Dios salva asumiendo la naturaleza humana herida. San Gregorio de Niza lo expresó bellamente: «Nuestra naturaleza enferma exigía ser sanada; desgarrada, ser restablecida; muerta, ser resucitada. Habíamos perdido la posesión del bien, era necesario que se nos devolviera. Encerrados en las tinieblas, hacía falta que nos llegara la luz; estando cautivos, esperábamos un salvador; prisioneros, un socorro; esclavos, un libertador. ¿No tenían importancia estos razonamientos? ¿No merecían conmover a Dios hasta el punto de hacerle bajar hasta nuestra naturaleza humana para visitarla, ya que la humanidad se encontraba en un estado tan miserable y tan desgraciado?»[3] . San Juan lo proclamaría así: “El Padre envió a su Hijo para ser salvador del mundo” (1 Jn 4, 14). “Él se manifestó para quitar los pecados” (1 Jn 3, 5). Para esto Dios se ha revelado en la Biblia, para salvar.

  1. El Verbo se encarnó para que nosotros conociésemos así el amor de Dios.

Dios se fue dando a conocer progresivamente, el pueblo escogido empieza a comprender como Dios está con ellos y les guía y les ama. A través de los profetas se les dice que es un Dios que ama con amor eterno. El Vaticano I lo explica: “En su bondad y por su fuerza poderosa, no para aumentar su bienaventuranza, ni para adquirir su perfección, sino para manifestarla por los bienes que otorga a sus creaturas[4]”. Dios no necesitaba crear el mundo ni al ser humano para ser Dios porque El se basta a si mismo. Pero quiere compartir la felicidad, el bien, la verdad, la belleza y el amor con la humanidad en un acto de gracia y misericordia

En cada letra, en cada texto, en cada página de esa carta de amor que se llama la Sagrada Biblia, podemos encontrar los designios amorosos del Padre con sus hijos. Este amor es revelado por Jesús, cada gesto cada milagro, cada palabra son actos de puro amor. Tener compasión es una característica de Jesús para con el enfermo, para con el triste, para con el poseído por el maligno. Los milagros de Jesús son el producto del amor de Dios por los necesitados. De esa manera, Jesucristo manifiesta la misericordia del Padre. El mismo la encarna y personifica. Dios se hace visible como Padre rico en misericordia y lo vemos cercano a las necesidades humanas. San Juan concluirá: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en EL no perezca, sino que tenga vida eterna”[5].

  1. El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad.

Jesús asumió la condición humana completamente, menos el pecado. El Hijo de Dios vivió todas las situaciones que el ser humano pueda experimentar: sufrimiento, dolor, lagrimas, angustia, hambre sed. El Vaticano II afirma: El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejantes en todo a nosotros, excepto en el pecado[6]. La humanidad de Jesús nos hace pensar que EL es un modelo perfecto de santidad, El nos muestra ese camino de perfección. Un documento del Vaticano II, así nos los enseña: “El divino Maestro y Modelo de toda perfección, el Señor Jesús, predicó a todos y cada uno de sus discípulos, cualquiera que fuese su condición, la santidad de vida, de la que El es iniciador y consumador: «Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48)[7]. Es Jesús quien hace posible esta gracia y El envía la fuerza santificante del Espíritu Santo sobre la Iglesia. Esta es una maravilla obrada por el amor de Dios.

  1. El Verbo se encarnó para hacernos “partícipes de la naturaleza divina”.

De Jesús, recibimos una invitación a participar de la naturaleza divina. Jesús descendió a nuestra humanidad al encarnarse y al resucitar nos arrastró con El al Padre. Esta maravilla se da por el poder de la Trinidad Santa, es un acto de generosidad y de misericordia. Un padre de la Iglesia afirma algo extraordinario, algo sublime respecto a este misterio que causa admiración al pensamiento humano: “Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios[8]

Todo este misterio lo podemos vivir a través del Cuerpo y de la Sangre de Jesús dado a la Iglesia. Cuando en la Eucaristía el sacerdote mezcla el agua con el vino expresa que así como se mezcla el agua con el vino así también Jesús se mezcle con nuestra condición humana. Jesús nos participa de todo lo del cielo, el abre esa puerta de gracia y de amor. La Eucaristía es la presencia sublime del amor de Cristo, amor que permanece, amor que santifica, amor que sana, amor que perdona, amor que salva. Jesucristo es el pan vivo bajado del Cielo, es el trigo crecido en el vientre purísimo de la siempre Virgen María, es el grano triturado en la cruz y dorado por el Espíritu Santo en el Altar del amor.

Estas cuatro maravillas expresadas por el Catecismo de la Iglesia, nos hacen pensar en lo valiosos que somos para Dios. Que misterio tan grande encierra que El siendo tan grande y tan perfecto busque nuestro amor que es pequeño e imperfecto, por eso la Biblia nos enseña a adorarlo y amarlo con toda el alma y todo el corazón, amen.

[1] Catecismo de la Iglesia Católica numerales 457 al 460.

[2] Biblia de Jerusalén Is 9, 1.

[3] San Gregorio de Nisa, Oratio catechetica, 15.

[4] Concilio Vaticano I. DS 3002.

[5] Biblia de Jerusalén, Juan 3, 16.

[6] Gaudium et spes No 22.

[7] Lumen Gentium, No 40.

[8] San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 3, 19, 1

 

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Acerca de Padre Said León

Fray Said León Amaya, O.P, es de la Orden de Predicadores, pertenece a la Provincia San Luis Bertrán de Colombia.
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