El rico y el pobre Lázaro: dos comienzos y dos finales diferentes.

DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 16, 19-31.

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: “Había un hombre rico que se vestía de purpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día.

Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas. Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán.  Se murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritó: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas. ”  Pero Abrahán le contestó: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces.  Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros.”

PALABRA DEL SEÑOR

Meditación

Esta parábola de Jesús es una lección  impresionante e inolvidable acerca del peligro que encierran las riquezas cuando atrapan al hombre en la avaricia y no  ve las necesidades del pobre al que puede ayudar.

El relato comienza haciendo una cuidadosa descripción de un rico bien rico y un pobre  bien pobre. Jesús, verdadero maestro en la construcción de un relato, diseña las contraposiciones extremas de los dos personajes.

 Un rico que usó mal su riqueza.

 Jesús dice cuatro cosas de este hombre:

  • 1. “Era un hombre rico”.

El rico es un ser aislado que solo piensa en él mismo. La riqueza lo encierra en el egoísmo, lo separa de los demás. Acostumbrado a mirar exclusivamente su plato, lleno hasta el colmo, no ve al pobre que está a la puerta. Los perros ven mejor que él porque ven las llagas del pobre.

Un rico que vive rodeado de toda clase de bienes materiales deja que a su lado muera un pobre hambriento, enfermo y solo.

  •  2. “Vestía de púrpura y lino fino”.

 No actúa en contra de Dios ni tampoco oprime al pobre. Pero es un hombre de corazón duro, indiferente al sufrimiento de los demás. No comete ningún pecado mortal. Su único pecado era de omisión: se olvidaba del pobre. Tremendo pecado que ocultaba. El rico epulón había aprendido muy bien aquello de Caín: “¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?” (Gn.4,9).

  •  3. “Diariamente se daba esplendidos banquetes”.

 Cuando falta el amor, el hombre puede convertirse en un ser despiadado y cruel. Tenía este hombre las tres cosas que suele decirse hacen al hombre feliz: riquezas, vestidos preciosos, festines a diario, pero no pudo entrar al banquete del cielo.

  •  4.    Tuvo los bienes en vida.

El rico tuvo lo que quiso cuando vivía en la tierra. Recibió sus «bienes» (lo que él consideraba bienes) durante su vida, y vio que Lázaro tuvo sus «males». Recuerde que él no lastimó, golpeó o persiguió a Lázaro; pero tampoco lo ayudó. Él pudo haberlo ayudado porque tenía la capacidad y  dinero; pero no lo hizo. Por eso, mantuvo a Lázaro abajo y abandonado en este mundo. Vio que Lázaro tenía «males» aún cuando él pudo haberlo ayudado.

 Un pobre que no recibió ayuda.

 Lázaro parece encajar en el perfil del israelita piadoso: sin tierra, sin posesiones, sin herencia, sólo Dios es su herencia.

 Jesús dice cinco cosas de Lázaro.

  •  1.    Se llamaba Lázaro.

Se llama Lázaro y el hombre rico no tiene nombre. Esto es una diferencia muy grande: el ser conocido y honrado por Dios; y ser desconocido ni honrado por Dios. El hombre rico no conocía a Dios; por tanto, Dios ni lo conocía ni lo había honrado. Para Dios no tenía nombre. Por el contrario, Lázaro sí conocía a Dios y Dios lo conocía a él. Hasta su propio nombre, Lázaro, significa «Dios es mi ayuda o ayudador».

  •  2. “Tendido en la puerta del rico”.

El rico y el pobre están cerca, pero separados por una puerta. La puerta marca la barrera entre ambos, la frontera entre las élites y los que no cuentan: los mendigos.  La puerta puede servir para dejar entrar (abrir) o para impedir entrar o salir (cerrar), según esté abierta o no.

  •  3. “Cubierto de llagas”:

 El hombre rico estaba sano; Lázaro estaba lisiado, enfermo. Lázaro tenía llagas por todo su cuerpo por eso no podía trabajar ni obtener dinero para vivir. Estaba echado en la puerta del hombre rico; incapacitado para caminar. Era una persona de la calle, no porque así lo había querido sino porque estaba discapacitado. No tenía familia o amigos que lo amaran lo suficiente como para cuidar de él.

  • 4. “Deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico”:

 La diferencia entre los dos hombres es notable.  Uno vive suntuosamente y disfruta de todas las comodidades humanas como también prestigio; el otro está en vil pobreza, está enfermo, y está ansioso por participar en el más exiguo residuo de sustento de la mesa del hombre rico.

  •  5. “Pero hasta los perros venían y le lamían las llagas”:

 El rico llevaba vestidos de púrpura; el pobre tenía por vestido las llagas. No podemos ser indiferentes ante la miseria humana. Jesucristo se la cargó sobre sus hombros, se identificó con los más pobres, y curó sus dolencias y miserias.

 LA MUERTE LOS PUSO ANTE LA VERDAD DE LA VIDA DEL REINO.

Los dos murieron, pero qué gran diferencia en la muerte de ambos, Lázaro es llevado  por los ángeles como alguien invitado a palacio, sin embargo el rico fue sepultado y le hicieron sus funerales, me imagino que lo enterraron con todo su fausto. La muerte arrebató del hombre sus comodidades, sus placeres y todos aquellos bienes de su vida terrenal. Estaba inmediatamente en el infierno, en el lugar de miseria y tormento. Había vivido en un paraíso terrenal, mientras otros estaban hambrientos, enfermos, discapacitados, con frío, sin ropas, sin alguien que los rescatara y hasta moribundos

El hombre rico podía ver a Abraham y a Lázaro en el paraíso. Vio toda la gloria, comodidades, perfección y alegría del paraíso. Vio a Lázaro, aquel hombre que había rechazado y tratado como un ser inferior. Observó a Lázaro en la gloria y perfección de los cielos. El rico recordó sus pecados, sus comodidades, su tranquilidad, su desenfreno, sus placeres y sus extravagancias, las oportunidades que perdió de ayudar a Lázaro.  Este hombre enceguecido por lo que tenia no reconoció a Dios, ni la  Palabra de Dios, ni a Lázaro y a  ninguno de todos aquellos que estaban necesitados.

Este hombre pide que Lázaro visite a sus hermanos, pero no se le concede el deseo porque sus hermanos no harán caso.

Solo un Hombre, el Señor Jesucristo, se ha levantado de la muerte, y aún así los hombres siguen sin creer. No creen por falta de señales, sino por amor al mundo con todas sus criaturas, comodidades, reconocimientos, desenfrenos, egoísmo, placeres y honores.

Recuerda lo que dice San Basilio: “Al hambriento pertenece el pan que tú retienes; al hombre desnudo el manto que tú guardas, celoso, en tus arcas”.

 

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La gratitud y su poder ante Dios

Lecciones de un samaritano curado de la lepra

+ Evangelio según San Lucas, 17, 11-19

Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.”

Al verlos, les dijo: “Id a presentaros a los sacerdotes.”

Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias.

Éste era un samaritano.

Jesús tomó la palabra y dijo: “¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?”

Y le dijo: “Levántate, vete; tu fe te ha salvado.”

Palabra del Señor

  1. La enfermedad y las tragedias unen a los seres humanos.

El Evangelio de Lucas nos narra el dolor de diez hombres unidos por una desgracia común: la lepra. La enfermedad y la miseria reúnen a las personas y les hacen olvidar los odios nacionales y las diferencias que les divide. Uno de ellos era samaritano, era de un pueblo que no eran aceptados por los judíos, pero el dolor, como tantas veces, cumplió su misión de unir a los pueblos. Esperan desde lejos como avergonzados por la impureza que tenían sobre sí. Creían que Jesucristo los rechazaría también, como hacían los demás. Por esto se detuvieron a lo lejos, pero se acercaron por sus ruegos. El grito de estos diez leprosos es conmovedor para la fe; desde lejos para no ser rechazados le dicen a Cristo: Jesús y maestro

  1. Id a presentaros ante los sacerdotes

Jesús les da una orden y ellos hicieron el movimiento de la fe, aún sin comprender, y en el camino descubrieron el fruto por haber creído. Eran impuros, y mientras no sanaran, no tenían ningún derecho social ni religiosos. Al ser curados debían presentarse ante el sacerdote para que éste avalara su curación y le permitiera reintegrarse a la sociedad, al culto y a la familia. San Lucas nos dice que Jesús iba a Jerusalén y su Mesianismo iba a ser proclamado, no por boca de dos o tres testigos, sino por la boca de diez testigos.

  1. El samaritano regresa a agradecer cuando toma conciencia que algo había cambiado en su vida

Sólo conocemos la experiencia posterior de uno de los diez. Entonces, uno de ellos, como se vio que estaba limpio, volvió e hizo tres cosas:

  • Glorificaba a Dios a gran voz. ¡Qué fuerza se produjo en él; qué reacción tan maravillosa; qué gracia nueva invadió su cuerpo y qué gozo llenó su corazón!
  • Se postró a los pies de Jesús. El samaritano dejó de conformarse con lo bueno y decidió hacer lo mejor, se convirtió en un adorador.
  • Dio gracias. La fe le dio piel sana, pero la gratitud le dio un corazón nuevo, el de un verdadero adorador. Este hombre comprendió que Jesús quiere regalar mucho más, no sólo salud, sino también salvación.
  1. Jesús tenia más para dar: levántate, tu fe te ha salvado

San Beda el Venerable, presbítero y doctor de la Iglesia afirmaba algo hermoso al respecto de estos leprosos curados: “Si la fe salvó a aquel que se había postrado a dar gracias, la malicia perdió a los que no se cuidaron de dar gloria a Dios por los beneficios recibidos. Por estos hechos se da a conocer que debe aumentarse la fe por medio de la humildad, como se explica en la parábola anterior”.

Y san Bernardo afirma: “ Leemos que bien sabían «orar, suplicar, pedir» porque levantaron la voz para exclamar: «Jesús, hijo de David, ten compasión de nosotros». Pero les faltó una cuarta cosa que es la que reclama san Pablo: «la acción de gracias» (1Tm 2, 1), porque no regresaron y no dieron gracias a Dios”

Que hermosa lección que nos enseña el samaritano, recibió una mayor bendición que sus compañeros de dolor, debido a su agradecimiento, pues solamente, él pudo oír al Maestro decirle: Levántate, vete, tu fe te ha salvado. Vete a los tuyos, vete a ser feliz, vete a ser útil, vete a vivir de nuevo la vida, tu fe te ha salvado.

Son innumerables las veces que, de una manera u otra, Dios nos repite este imperativo.

  • Levántate, no estés humillado.
  • Levántate, no estés dormido.
  • Levántate, ponte derecho.
  • Levántate, ponte en camino.
  • Levántate, y recobra el ánimo.
  • Levántate y escucha, que quiero hablarte.
  • Levántate pueblo mío, se acabaron tus humillaciones y depresiones.
  • Levantaos, vamos. Levantaos, no tengáis miedo.
  • Levantaos y orad.

Oración.

Señor Jesús, aquí me tienes. No tengo otra esperanza. Tú me conoces. Ante ti está mi miseria. Ante ti están también todos mis deseos. Sólo tú puedes curarme. Tú eres el único que tienes palabras de vida eterna. Espero en ti, Jesús, espero en tu Palabra, porque tu misericordia es inmensa y te adoro. Te pido el don de un corazón humilde y dócil que se deje convencer por la fuerza persuasiva de tu Espíritu para decirte gracias.

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El buen samaritano

¿Por qué Jesús resalto la bondad de un samaritano y no la de uno de su pueblo?

+ Santo Evangelio según San Lucas 10, 25-37

En aquel tiempo se presentó un letrado y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?” El le dijo: “¿Qué está escrito en la Ley?, ¿qué lees en ella?” El letrado contestó: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo” El le dijo: “Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida” Pero el letrado, queriendo aparecer como justo, preguntó a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?” Jesús le dijo: “Un hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo, dio un rodeo y pasó de largo.

Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó en una posada y lo cuidó. Al día siguiente sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más, yo te lo pagaré a la vuelta. ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?” El letrado contestó: “El que practicó la misericordia con él” Díjole Jesús: “Anda, haz tu lo mismo”

Palabra del Señor

Para Lucas desaparecen todas las barreras y fronteras, su tema principal es la salvación universal de Jesús para la humanidad: judíos, gentiles, piadosos y pecadores. En este texto bíblico aparece un doctor de la ley que lo interpela y quiere probarlo en su pregunta. En el judaísmo tardío se restringió el amor a los extranjeros, a los gentiles. La respuesta de Jesús lo lleva a pensar que el amor todo lo abarca, el amor es el sentido de la ley.

Dos enseñanzas sobre esta parábola:

  1. Ayudar a todos sin pasar de largo.

Estamos tan ocupados en lo nuestro que no tenemos tiempo para detenernos y ayudar al que ha sido herido y dejado medio muerto en el camino. Quizá al igual que sucedió en la historia, ha habido quienes hayan visto nuestra necesidad y han pasado de largo. Esto mundo individualista nos enseña a evitar los problemas, a huir de las dificultades, a que cada quién busque su propia salvación y eso nos hace egoístas recalcitrantes. San Juan Crisóstomo decía: “Si ves a alguien en desgracia no te pares a indagar: tiene el derecho a tu ayuda por el simple hecho de sufrir”

  1. Ve, y haz tú lo mismo

La enseñanza de Jesús es sobre todo practica. El samaritano no se siente obligado a cumplir una norma legal, responde a la situación del herido, aplicando toda clase de practicas para sanarle y aliviar el sufrimiento para restaurar su dignidad. El maestro de la Ley aprendió la lección y nos ordena a que hagamos lo mismo. Que en su nombre nos acerquemos al que ha sido despojado, herido y dejado medio muerto y seamos instrumentos en sus manos de misericordia y de servicio.

 Oremos.

Señor Jesús hoy reconocemos que tantos a nuestro lado sufren, otros pasan necesidad y a veces estamos ciegos, abre nuestros ojos para que podamos extender nuestra mano de amor al caído. Los hemos visto Señor y hemos pasado de largo y por eso te pido perdón, ayúdanos a ser como TU bueno samaritano para rescatar al que sufre y curar sus heridas, amen.

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Necesitamos fe

El poder de la fe cuando nace y crece como Dios quiere.

Lectura

+ Santo Evangelio según San Lucas 17,5-10.

En aquel tiempo, los Apóstoles dijeron al Señor:

-Auméntanos la fe.

El Señor contestó:

-Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: «Arráncate de raíz y plántate en el mar», y os obedecería.

Suponed que un criado vuestro trabaja como labrador o como pastor, cuando vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dice: «En seguida, ven y ponte a la mesa?»

¿No le diréis: «Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo; y después comerás y beberás tú?» ¿Tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: «Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer.»

Palabra del Señor

Estudio

En los evangelios sinópticos, Jesús no hizo grandes y majestuosos discursos, sino que recurrió al uso de las “parábolas” con la finalidad de explicarnos el Reino de Dios y explicar así de una manera comprensible el actuar del amor de Dios. Dos enseñanzas:

  1. Pedir lo que no se tiene.

Es fácil imaginar la cara de decepción que tendrían los discípulos al escuchar de Jesús que si tuvieran fe como un grano de mostaza plantarían en el mar. Jesús es directo, se puede aumentar lo que existe, lo que no existe tiene que nacer primero para luego ir creciendo. Los discípulos no pedían un milagro, sino el don que produce las maravillas de Dios. También nos pasa a nosotros, experimentamos flaquear en la fe. Para muchos ante la prueba o dificultad no se es tan fuerte como se quisiera. Pero tenemos a un salvador que sabe comprendernos y tiene el tiene el poder de escudriñar los corazones y saber con profundidad que se tiene y de que se carece. La fe recibida como un don necesita de nuestra parte ser cuidada en el día a día y alimentarla para que vaya germinando poco a poco. No hay que desanimarse si no se tiene fe, Dios nos ayuda para que podamos tenerla y crezca. El Nuevo Testamento nos da razón de esto: Jesús tuvo compasión del desesperado padre del muchacho endemoniado, que exclamó: “Creo, Señor ayuda mi incredulidad,” y curó a su hijo enfermo (Mc. 9, 24); Tuvo compasión del apóstol Pedro, el cual la tormenta lo asusto tanto que se empezó a hundir (Mt 14, 31); Tuvo paciencia con Tomás hasta que tuviera la experiencia de creer (Jn 20, 29).

  1. Ser humildes para que crezca la fe

Jesús sigue hablándoles con ternura para que comprendan sus discípulos y también cada uno de nosotros. En esta parábola del esclavo, que hace lo que tiene que hacer sin ningún derecho a reclamar agradecimientos, está la sabia respuesta de Jesús. La raíz del aumento de fe, que es pura gratuidad por parte de Dios, hay que buscarla en la humildad humana. Los discípulos en relación a Cristo son siervos, y si realizan obras importantes es precisamente porque él les da la posibilidad de hacerlo; no tiene, por lo tanto, que mostrar su reconocimiento en nada; si algo hacen lo hacen por don de Dios. El Evangelio nos recuerda a un Dios liberador que nos llama a la grandeza de la vida eterna; nos enseñan mansedumbre y la constancia en el bien, mientras exteriormente padece estrechez y sufrimientos, en el corazón recibe consuelo. La fe ayuda al ser humano a sobrellevar los sufrimientos, y por otro lado los sufrimientos mismos ayudan en el fortalecimiento de la fe en Dios.

Meditación.

La pequeñez y la nada de un grano de mostaza. Esta manera de Dios intervenir se ha visto sobre todo en la misma vida de Jesús. Se encarnó en un pueblo pequeño, escogió a una mujer humilde Nazaret, nació en un pueblo insignificante, se valió de personas sin gran cultura ni prestigio, inclusive gente de mala vida, avaros recaudadores de impuestos y toscos pescadores para ser los mensajeros del Reino. La misma vida de Jesús es como esa semilla de mostaza que va caer a tierra, será muerto y sepultado, pero al igual que la semilla germina, Jesucristo resucita, y su reino comienza a crecer y a crecer, porque tiene el poder de Dios, capaz de crecer y de cobijar a la gente, capaz de dar sombra, capaz de sosiego, capaz de dar fruto, y con su fruto capaz de alimentar a los que ahí se cobijaron, a los que ahí habitan. Así pues, el reinado de Dios es silencioso, pero poderoso en el amor. La fe es un don que Dios nos da, y es una tarea que Dios nos encomienda. Como tarea la hemos de realizar día tras día, en las circunstancias concretas, que a veces pueden ser arduas y difíciles.

Oración

Padre Santo, tú que escoges lo pequeño para hacer crecer tu Reino de amor y de justicia, hoy nos dirigimos a ti para ofrecerte nuestra pequeñez y pedirte que nos ayudes a tener fe. Queremos que tu Reino germine y crezca en nosotros, nos transforme y nos levante, porque queremos ser parte de los que anuncias tu presencia en medio del mundo.

Contemplación.

“No te vanaglories si serviste bien a Dios: no has hecho más que lo que debías. Le sirve el sol; le obedece la luna, le sirven los ángeles: no nos alabemos de que le sirvamos nosotros”. San Ambrosio

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Dominicos

Cuando la Iglesia en el siglo XIII necesitaba ser restaurada, Dios envía a fr. Domingo de Guzmán para renovarla. ¿A quién no le interesa saber sobre la historia de su propia familia? El Espíritu Sa…

Origen: Dominicos

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¿Cómo enfrentar los miedos y las tempestades?

DEL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 14, 22-36.

Después que sació la gente, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaron a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo. Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento les era contrario.

De madrugada se les acercó Jesús andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo enseguida: “¡Animo, soy yo, no tengáis miedo! Pedro le contestó: “Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua”. El le dijo: “Ven”. Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: “Señor, sálvame”. En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: “¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?

En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo: “Realmente eres Hijo de Dios”. Terminada la travesía, llegaron a tierra en Genesaret. Y los hombres de aquel lugar, apenas le reconocieron, pregonaron la noticia por toda aquella comarca y trajeron donde él a todos los enfermos. Le pedían tocar siquiera la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaron curados.

Palabra del Señor.

jesus calma la tempestadSi de algo tiene que ser sanada nuestra sociedad, si de algo tienen que ser sanados muchos corazones es precisamente del miedo. Aparecen tormentas que asustan al ser humano provocándoles inseguridades. Las tormentas emocionales y espirituales son causadas por diferentes factores. En ocasiones son provocadas por la misma vida,  otras por personas, otras por uno mismo y otras por el maligno. Aunque vienen de diferentes fuentes, todas ellas tienen un propósito para nuestra vida.

En el evangelio de hoy Jesús nos enseña como sanar y enfrentar los miedos que ocasionan tempestades. La experiencia del apóstol Pedro nos enseña cuáles son los obstáculos a la hora de buscar al Señor y cómo podemos obtener la victoria sobre esos temores que quieren hundirnos al momento de seguir a Jesús.

Cuando tuve la oportunidad de celebrar la Eucaristía en una barca en ese lago de Tiberiades,  pensé que para el apóstol Pedro caminar sobre las aguas  tempestuosas de ese lago tuvo  que ser una  experiencia   que recordaría siempre. En esta enseñanza vamos a aprender de su vida de fe. Nosotros también hemos dudado al sentir los fuertes vientos que se presentan en nuestra existencia y nosotros también hubiésemos reaccionado de la misma manera o peor que Pedro. Lo importante de esta experiencia de Pedro es aprender que Jesús está dispuesto a extender su mano para no dejarnos hundir.

Miremos el itinerario de una fe que aprende a confiar como el apóstol Pedro:

1.    Las tormentas traen el miedo.

El miedo es una emoción dolorosa, ocasionada por la proximidad de un peligro, real o imaginario, y que está acompañada por un vivo deseo de evitarlo y de escapar de la amenaza. Es un instinto común a todos los seres humano del que nadie está completamente libre. Nuestras actitudes ante la vida están condicionadas en gran medida por esos temores que brotan de nuestro interior, en grados tan diversos que van desde la simple timidez hasta el pánico desatado, pasando por la alarma, el miedo y el terror. Esta sensación   es el resultado de una fuerza exterior  que ejerce su fuerza sobre nuestro interior para hacer que creamos y veamos un panorama oscuro con un futuro peor. Los temores nos hacen reaccionar de maneras diferentes, los apóstoles empezaron a gritar de terror, pero Jesús les habló enseguida: ¡Animo, soy yo, no tengáis miedo!  Jesús se da a conocer. La palabra «¡Animo!» disipa el te­mor provocado por la aparición y por las olas contrarias en el lago de Galilea.

2.    Todo miedo desaparece cuando se escucha la voz del Señor y su mano nos sostiene.

El Apóstol Pedro se arriesgó a caminar sobre las aguas, pero fracasó y aprendió la lección del maestro, le faltaba fe porque había miedos todavía en su corazón y por eso empezó a hundirse. Pedro enfrentó esta situación y pudo aprender y también nos enseña a nosotros hoy.  Una buena parte del miedo es tener que esconder cosas, es temer que se revele lo que realmente somos.  Al igual que Pedro y también nosotros, tenemos que escuchar la voz del Señor y dejar que su mano nos  sostenga para no dejarnos hundir por los miedos, por las tormentas, por las olas de muerte. El salmo 18, 5 dice;  “Las olas de la Muerte me envolvieron,  me aterraron los torrentes devastadores,  me cercaron los lazos del Abismo, las redes de la Muerte llegaron hasta mí. Pero en mi angustia invoqué al Señor,  grité a mi Dios pidiendo auxilio,  y él escuchó mi voz desde su Templo,  mi grito llegó hasta sus oídos.”

Aquí está la clave invocar al Señor, él no te dejara hundir. Muchas veces experimentamos que al seguir a Jesús aparecen los vientos fuertes del pecado y de una o de otra manera han querido derribarnos y hundirnos, pero es en esos momentos en donde tenemos que reconocer que Jesús jamás nos dejará hundir, sino que a nuestro llamado de auxilio siempre estará presente para extender su mano y socorrernos. La única solución siempre consiste en buscar siempre al Señor como lo hizo Pedro, este apóstol no intentó regresarse a la barca, ni le pidió ayuda a los demás apóstoles, sino que invocó al único que podía ayudarlo. Todo lo demás que hagamos para intentar vencer al temor son paliativos momentáneos pero nunca quitaremos su raíz destructora. Pedro se enfrentó a sus propios temores y Jesús lo confrontó para que pudiera sanar y  poder tener seguridad en el maestro. El buscar al Señor nos ayudará a vivir en paz, con confianza con fe y  con una actitud diferente en medio de la atmósfera de tormentas de temor que cubre el mundo en que vivimos.

Posiblemente has sentido en tu vida que los vientos fuertes te han atacado, sientes que tambaleas y que poco a poco te das cuenta que te está hundiendo, en el nombre de Jesús te digo con seguridad que ÉL  no te dejará hundir pues él te agarrará con  sus manos llagadas y no te soltará hasta que no estés en puerto seguro con ÉL.

Oración.

Al igual que los apóstoles que se postraron para adorarlo también nosotros postrémonos delante de su presencia y digámosle: “gracias Jesús porque cuando fallamos  tu nos perdonas; cuando estamos perdidos tu eres el camino; Cuando tenemos miedo tu eres nuestro fuerza; Cuando tropezamos tu nos sostienes; Cuando estamos lastimados tu nos sanas; Cuando estamos quebrantados tu nos restauras; Cuando tenemos hambre tu nos alimentas; Cuando tenemos miedo tu nos socorres; Cuando tenemos problemas tu nos consuelas y  cuando llegue el día de  la muerte, tu Señor nos llevaras a la casa del Padre Celestial, amen. 

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EN EL CAMINO DE LAS AMARGURAS JESUS SANA NUESTRAS AFLICCIONES.

Ciclo A, Tiempo de Pascua,
Domingo de la tercera semana.

DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 24,13-35.

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: “¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?” Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replico: “¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?” Él les pregunto: “¿Qué?” Ellos le contestaron: “Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.”

Entonces Jesús les dijo: “¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?” Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.

Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo: “Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.” Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció. Ellos comentaron: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?” Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: “Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.” Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor

Sin títuloEl Evangelio de San Lucas es el único que nos relata este  hermoso encuentro de dos discípulos desilusionados ante Jesús que es fuente de amor y alegría. La intención de Lucas en esta narración de los discípulos de Emaús es catequética. Este dato es importante a la hora de determinar el sentido del relato: éste no va en línea apologética (demostrar la resurrección de Jesús), sino en línea catequética (mostrar las vías de acceso a Jesús resucitado, cómo encontrarse con Jesús resucitado).

Aquellos dos hombres, que habían convivido con Jesús, que habían escuchado tantas veces sus enseñanzas y visto sus milagros, se han desilusionado con la muerte del Maestro. Les ha embargado la tristeza y la desesperanza. Estos dos habían escuchado la buena noticia, habían escuchado que Jesús está vivo, que el sepulcro no tenía la última palabra, que la fuerza de Dios es más grande que  la muerte. Pero tenían dificultades para  creer. Sus ojos eran incapaces incluso de ver al Resucitado, que estaba con ellos.

También nosotros hemos escuchado la buena noticia de Jesús. También a nosotros se nos ha dicho, que el Señor está vivo. Pero también nosotros, como discípulos desilusionados, a veces vamos por esos caminos incapaces de aceptar las buenas noticias, porque estamos bombardeados de malas noticias.  Sabemos tanto del poder del mal, que cuando nos llegan a contar que  Jesús sigue haciendo maravillas no tenemos vigor ni la fe  para creerle a Jesús.  Por eso el Evangelio de hoy tiene una fuerza de amor, una gracia de salvación poderosa. Cuatro pasos de sanación interior que nos regala Jesús desde esta experiencia de sanación y de amor.

La primera consiste en hablar, en desahogarte con Jesús, en poner nombre a todas nuestras zozobras y miedos, en sacar afuera la frustración que guardamos en nuestro interior, en contársela con pelos y señales a ese misterioso pedagogo que camina con nosotros y que nos pregunta: “¿Qué asuntos te roban la paz y te angustian? ¡Cuéntamelos! Cuando nos atrevemos a contarle a él lo que nos pasa hemos puesto en marcha un proceso de sanación. No te quedes con anda cuéntame todo a Jesús, ora delante de Él y dile las situaciones que estas enfrentando.

La segunda etapa consiste en escuchar. En la primera, Jesús, como buen terapeuta, ha sido todo oídos para que nosotros pudiéramos ser todo palabra. Ahora se invierten los papeles. Nos toca a nosotros escuchar su Palabra. Esta palabra se nos transmite, sobre todo, en la Escritura. Volver a la Escritura con humildad, sin ansiedades, es el único modo de que nuestro corazón decepcionado comience lentamente a arder. ¡Sólo la Palabra enciende de nuevo las ascuas que están debajo de nuestras cenizas!.  “¿No ardía nuestro corazón…?”.  Hasta cuando hay que leer el texto? Hasta que arda el corazón. Buscar al Señor hasta que arda el corazón por EL.  Escucha a Jesús, no escuches otras voces que te desaniman, te juzgan, te recriminan, te condenan, la voz de Jesús es dulce como la miel de un panal que destila.

La tercera etapa comer el Cuerpo y la Sangre de Jesús. A los discípulos de Emaús sólo se les abren los ojos, sólo reconocen al extraño compañero de camino, cuando éste se queda a cenar con ellos y les parte el pan. También hoy para cada uno de nosotros la eucaristía es el “lugar del reconocimiento”, en el doble sentido de la palabra: de acción de gracias y de caer en la cuenta de los regalos de Jesús para la humanidad. Ambas cosas son necesarias: la Escritura y la Eucaristía. La Escritura inflama el corazón aburrido o desesperado. La Eucaristía quita la falta de comprensión. Nos da el don de sabiduría para entrar en el misterio de Dios, que es muerte y resurrección. Es increíble como Jesús los rescata de la incredulidad a la fe viva, de la torpeza de hombres, a las claridades espléndidas de la palabra de Dios interpretada por el mismo Verbo de Dios

La cuarta etapa finalmente, acoger el testimonio de otros y en comunicar el propio. Los discípulos de Emaús tras reconocer al Resucitado, han pasado de ser miedosos a ser misioneros. Curiosamente, cuando se encuentran con la comunidad, no son ellos los primeros en contar lo que les ha pasado, sino que aceptan la confesión de fe de los Once y de sus compañeros: “Es verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón”.

Hablar, escuchar, comer y comunicar son los verbos que marcan las cuatro etapas de un profundo encuentro con el Resucitado. Ellos fueron sanados porque salieron del miedo de la cruz, a la alegría de sufrir por Cristo. De la dispersión, a la comunidad. De la huída, al seguimiento fiel al estilo de Jesús, hasta el martirio. Maravilloso eres Jesús, que obra tan hermosa hiciste con ellos y la haces con nosotros.

Los discípulos de Emaús no son sino prototipos de lo que tú y yo somos. En su aventura de fe encontramos luz para comprender mejor la nuestra y la seguridad de que Cristo ha resucitado y hay motivo cierto para la esperanza.

OREMOS.

¿Por qué estás triste? Necesitas  ¡más dinero!, ¡más placer!, ¡más honores!, ¡más vicios!, ¡más triunfos!. Te lo voy a decir lo que más te falta es Jesús. Lo que él tiene en abundancia es lo que a ti te está haciendo falta: amor, paz, tranquilidad, perdón, confianza, fe, gozo, santidad, salvación. Lo demás viene por añadidura.

Abre mis ojos, Señor a la luz de tu Pascua y Resurrección. Abre míos ojos, Señor para reconocerte vivo delante de los que pregunten por ti.  Abre mis ojos, Señor, como abriste los ojos de los discípulos de Emaús.  Abre mis ojos, Señor, para reconocerte en el pan de al Eucaristía. Danos, Señor, ojos de resurrección.

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