El rico y el pobre Lázaro: dos comienzos y dos finales diferentes.

DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 16, 19-31.

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: “Había un hombre rico que se vestía de purpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día.

Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas. Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán.  Se murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritó: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas. ”  Pero Abrahán le contestó: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces.  Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros.”

PALABRA DEL SEÑOR

Meditación

Esta parábola de Jesús es una lección  impresionante e inolvidable acerca del peligro que encierran las riquezas cuando atrapan al hombre en la avaricia y no  ve las necesidades del pobre al que puede ayudar.

El relato comienza haciendo una cuidadosa descripción de un rico bien rico y un pobre  bien pobre. Jesús, verdadero maestro en la construcción de un relato, diseña las contraposiciones extremas de los dos personajes.

 Un rico que usó mal su riqueza.

 Jesús dice cuatro cosas de este hombre:

  • 1. “Era un hombre rico”.

El rico es un ser aislado que solo piensa en él mismo. La riqueza lo encierra en el egoísmo, lo separa de los demás. Acostumbrado a mirar exclusivamente su plato, lleno hasta el colmo, no ve al pobre que está a la puerta. Los perros ven mejor que él porque ven las llagas del pobre.

Un rico que vive rodeado de toda clase de bienes materiales deja que a su lado muera un pobre hambriento, enfermo y solo.

  •  2. “Vestía de púrpura y lino fino”.

 No actúa en contra de Dios ni tampoco oprime al pobre. Pero es un hombre de corazón duro, indiferente al sufrimiento de los demás. No comete ningún pecado mortal. Su único pecado era de omisión: se olvidaba del pobre. Tremendo pecado que ocultaba. El rico epulón había aprendido muy bien aquello de Caín: “¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?” (Gn.4,9).

  •  3. “Diariamente se daba esplendidos banquetes”.

 Cuando falta el amor, el hombre puede convertirse en un ser despiadado y cruel. Tenía este hombre las tres cosas que suele decirse hacen al hombre feliz: riquezas, vestidos preciosos, festines a diario, pero no pudo entrar al banquete del cielo.

  •  4.    Tuvo los bienes en vida.

El rico tuvo lo que quiso cuando vivía en la tierra. Recibió sus «bienes» (lo que él consideraba bienes) durante su vida, y vio que Lázaro tuvo sus «males». Recuerde que él no lastimó, golpeó o persiguió a Lázaro; pero tampoco lo ayudó. Él pudo haberlo ayudado porque tenía la capacidad y  dinero; pero no lo hizo. Por eso, mantuvo a Lázaro abajo y abandonado en este mundo. Vio que Lázaro tenía «males» aún cuando él pudo haberlo ayudado.

 Un pobre que no recibió ayuda.

 Lázaro parece encajar en el perfil del israelita piadoso: sin tierra, sin posesiones, sin herencia, sólo Dios es su herencia.

 Jesús dice cinco cosas de Lázaro.

  •  1.    Se llamaba Lázaro.

Se llama Lázaro y el hombre rico no tiene nombre. Esto es una diferencia muy grande: el ser conocido y honrado por Dios; y ser desconocido ni honrado por Dios. El hombre rico no conocía a Dios; por tanto, Dios ni lo conocía ni lo había honrado. Para Dios no tenía nombre. Por el contrario, Lázaro sí conocía a Dios y Dios lo conocía a él. Hasta su propio nombre, Lázaro, significa «Dios es mi ayuda o ayudador».

  •  2. “Tendido en la puerta del rico”.

El rico y el pobre están cerca, pero separados por una puerta. La puerta marca la barrera entre ambos, la frontera entre las élites y los que no cuentan: los mendigos.  La puerta puede servir para dejar entrar (abrir) o para impedir entrar o salir (cerrar), según esté abierta o no.

  •  3. “Cubierto de llagas”:

 El hombre rico estaba sano; Lázaro estaba lisiado, enfermo. Lázaro tenía llagas por todo su cuerpo por eso no podía trabajar ni obtener dinero para vivir. Estaba echado en la puerta del hombre rico; incapacitado para caminar. Era una persona de la calle, no porque así lo había querido sino porque estaba discapacitado. No tenía familia o amigos que lo amaran lo suficiente como para cuidar de él.

  • 4. “Deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico”:

 La diferencia entre los dos hombres es notable.  Uno vive suntuosamente y disfruta de todas las comodidades humanas como también prestigio; el otro está en vil pobreza, está enfermo, y está ansioso por participar en el más exiguo residuo de sustento de la mesa del hombre rico.

  •  5. “Pero hasta los perros venían y le lamían las llagas”:

 El rico llevaba vestidos de púrpura; el pobre tenía por vestido las llagas. No podemos ser indiferentes ante la miseria humana. Jesucristo se la cargó sobre sus hombros, se identificó con los más pobres, y curó sus dolencias y miserias.

 LA MUERTE LOS PUSO ANTE LA VERDAD DE LA VIDA DEL REINO.

Los dos murieron, pero qué gran diferencia en la muerte de ambos, Lázaro es llevado  por los ángeles como alguien invitado a palacio, sin embargo el rico fue sepultado y le hicieron sus funerales, me imagino que lo enterraron con todo su fausto. La muerte arrebató del hombre sus comodidades, sus placeres y todos aquellos bienes de su vida terrenal. Estaba inmediatamente en el infierno, en el lugar de miseria y tormento. Había vivido en un paraíso terrenal, mientras otros estaban hambrientos, enfermos, discapacitados, con frío, sin ropas, sin alguien que los rescatara y hasta moribundos

El hombre rico podía ver a Abraham y a Lázaro en el paraíso. Vio toda la gloria, comodidades, perfección y alegría del paraíso. Vio a Lázaro, aquel hombre que había rechazado y tratado como un ser inferior. Observó a Lázaro en la gloria y perfección de los cielos. El rico recordó sus pecados, sus comodidades, su tranquilidad, su desenfreno, sus placeres y sus extravagancias, las oportunidades que perdió de ayudar a Lázaro.  Este hombre enceguecido por lo que tenia no reconoció a Dios, ni la  Palabra de Dios, ni a Lázaro y a  ninguno de todos aquellos que estaban necesitados.

Este hombre pide que Lázaro visite a sus hermanos, pero no se le concede el deseo porque sus hermanos no harán caso.

Solo un Hombre, el Señor Jesucristo, se ha levantado de la muerte, y aún así los hombres siguen sin creer. No creen por falta de señales, sino por amor al mundo con todas sus criaturas, comodidades, reconocimientos, desenfrenos, egoísmo, placeres y honores.

Recuerda lo que dice San Basilio: “Al hambriento pertenece el pan que tú retienes; al hombre desnudo el manto que tú guardas, celoso, en tus arcas”.

 

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CUATRO PODEROSAS RAZONES QUE NOS ENSEÑA LA IGLESIA SOBRE LA ENCARNACION DEL HIJO DE DIOS

El Dios que se ha manifestado en la historia, el Dios revelado en la Biblia, el Dios anunciado por Jesucristo, el Dios dado a conocer por el Espíritu Santo en la Iglesia, el Dios creador de todo, se caracteriza por hacer maravillas y desde el Génesis hasta el Apocalipsis aparecen personas elegidas para ser testigos de acontecimientos que marcan la historia del ser humano en vía de salvación. En cada personaje bíblico, Dios tiene un encuentro, un llamado, una cita, una alianza de amor.

Uno de los grandes personajes escogidos fue Abraham, el padre de la fe. Lo sorprendente de este patriarca es que sin preguntas, sin miedos, sin excusas, está dispuesto a dejarse sorprender por el Dios autor de proezas. Abraham no es un joven vigoroso, sino un anciano que debe olvidar su pasado y creer en un futuro que se le mostrará. Un anciano que no deseaba nada, no exigía nada, al que no había que seducir, ni hablarle mucho, solo obedece y cree en todas las promesas que El Dios creador le ha prometido. Así, empieza una historia de amor de Dios con su pueblo, el cual elige, libera y da una tierra prometida.

El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob y de todos los patriarcas, revelaría un plan maravilloso que superaría incluso a la misma creación y elección. Los sucesos del Antiguo Testamento serían como una preparación para algo grande que vendría con majestuosidad. Este plan maravilló a los hombres y sorprendió a los ángeles del cielo y fue la encarnación de Jesucristo, el Hijo de Dios, el mesías esperado y nacido de una Virgen de Nazaret.

Para nosotros, es común escuchar, que Dios se encarnó, pero si nos detenemos un momento, quedaríamos extasiados ante semejante misterio tan profundo. Dios por la sobreabundancia de su gracia sacó el mayor de los bienes: la glorificación de su Hijo y nuestra Redención.

El Catecismo de la Iglesia se pregunta por que el verbo se encarnó? Da cuatro razones muy importantes que narran el actuar de Dios que hace maravillas[1].

  1. El Verbo se encarnó para salvarnos reconciliándonos con Dios.

Dios no dejó a la creatura bajo el poder del pecado, de la muerte, de la tristeza, de la desolación, sino que El en persona vino para rescatarnos y en el vientre purísimo de la siempre Virgen María quiso empezar su Reinado de salvación. Dios escribió con fuego del Espíritu Divino en el Antiguo Testamento este gran misterio dado a conocer a través de profetas y reyes. Para llegar a la gran noticia, el pueblo que andaba a oscuras vio una luz grande. Los que vivían en tierra de sombras, una luz brillo sobre ellos[2].

Dios se hizo hombre para buscar cada persona necesitada, confundida, herida, angustiada, pecadora, extraviada, oprimida y desorientada. Dios salva asumiendo la naturaleza humana herida. San Gregorio de Niza lo expresó bellamente: «Nuestra naturaleza enferma exigía ser sanada; desgarrada, ser restablecida; muerta, ser resucitada. Habíamos perdido la posesión del bien, era necesario que se nos devolviera. Encerrados en las tinieblas, hacía falta que nos llegara la luz; estando cautivos, esperábamos un salvador; prisioneros, un socorro; esclavos, un libertador. ¿No tenían importancia estos razonamientos? ¿No merecían conmover a Dios hasta el punto de hacerle bajar hasta nuestra naturaleza humana para visitarla, ya que la humanidad se encontraba en un estado tan miserable y tan desgraciado?»[3] . San Juan lo proclamaría así: “El Padre envió a su Hijo para ser salvador del mundo” (1 Jn 4, 14). “Él se manifestó para quitar los pecados” (1 Jn 3, 5). Para esto Dios se ha revelado en la Biblia, para salvar.

  1. El Verbo se encarnó para que nosotros conociésemos así el amor de Dios.

Dios se fue dando a conocer progresivamente, el pueblo escogido empieza a comprender como Dios está con ellos y les guía y les ama. A través de los profetas se les dice que es un Dios que ama con amor eterno. El Vaticano I lo explica: “En su bondad y por su fuerza poderosa, no para aumentar su bienaventuranza, ni para adquirir su perfección, sino para manifestarla por los bienes que otorga a sus creaturas[4]”. Dios no necesitaba crear el mundo ni al ser humano para ser Dios porque El se basta a si mismo. Pero quiere compartir la felicidad, el bien, la verdad, la belleza y el amor con la humanidad en un acto de gracia y misericordia

En cada letra, en cada texto, en cada página de esa carta de amor que se llama la Sagrada Biblia, podemos encontrar los designios amorosos del Padre con sus hijos. Este amor es revelado por Jesús, cada gesto cada milagro, cada palabra son actos de puro amor. Tener compasión es una característica de Jesús para con el enfermo, para con el triste, para con el poseído por el maligno. Los milagros de Jesús son el producto del amor de Dios por los necesitados. De esa manera, Jesucristo manifiesta la misericordia del Padre. El mismo la encarna y personifica. Dios se hace visible como Padre rico en misericordia y lo vemos cercano a las necesidades humanas. San Juan concluirá: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en EL no perezca, sino que tenga vida eterna”[5].

  1. El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad.

Jesús asumió la condición humana completamente, menos el pecado. El Hijo de Dios vivió todas las situaciones que el ser humano pueda experimentar: sufrimiento, dolor, lagrimas, angustia, hambre sed. El Vaticano II afirma: El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejantes en todo a nosotros, excepto en el pecado[6]. La humanidad de Jesús nos hace pensar que EL es un modelo perfecto de santidad, El nos muestra ese camino de perfección. Un documento del Vaticano II, así nos los enseña: “El divino Maestro y Modelo de toda perfección, el Señor Jesús, predicó a todos y cada uno de sus discípulos, cualquiera que fuese su condición, la santidad de vida, de la que El es iniciador y consumador: «Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48)[7]. Es Jesús quien hace posible esta gracia y El envía la fuerza santificante del Espíritu Santo sobre la Iglesia. Esta es una maravilla obrada por el amor de Dios.

  1. El Verbo se encarnó para hacernos “partícipes de la naturaleza divina”.

De Jesús, recibimos una invitación a participar de la naturaleza divina. Jesús descendió a nuestra humanidad al encarnarse y al resucitar nos arrastró con El al Padre. Esta maravilla se da por el poder de la Trinidad Santa, es un acto de generosidad y de misericordia. Un padre de la Iglesia afirma algo extraordinario, algo sublime respecto a este misterio que causa admiración al pensamiento humano: “Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios[8]

Todo este misterio lo podemos vivir a través del Cuerpo y de la Sangre de Jesús dado a la Iglesia. Cuando en la Eucaristía el sacerdote mezcla el agua con el vino expresa que así como se mezcla el agua con el vino así también Jesús se mezcle con nuestra condición humana. Jesús nos participa de todo lo del cielo, el abre esa puerta de gracia y de amor. La Eucaristía es la presencia sublime del amor de Cristo, amor que permanece, amor que santifica, amor que sana, amor que perdona, amor que salva. Jesucristo es el pan vivo bajado del Cielo, es el trigo crecido en el vientre purísimo de la siempre Virgen María, es el grano triturado en la cruz y dorado por el Espíritu Santo en el Altar del amor.

Estas cuatro maravillas expresadas por el Catecismo de la Iglesia, nos hacen pensar en lo valiosos que somos para Dios. Que misterio tan grande encierra que El siendo tan grande y tan perfecto busque nuestro amor que es pequeño e imperfecto, por eso la Biblia nos enseña a adorarlo y amarlo con toda el alma y todo el corazón, amen.

[1] Catecismo de la Iglesia Católica numerales 457 al 460.

[2] Biblia de Jerusalén Is 9, 1.

[3] San Gregorio de Nisa, Oratio catechetica, 15.

[4] Concilio Vaticano I. DS 3002.

[5] Biblia de Jerusalén, Juan 3, 16.

[6] Gaudium et spes No 22.

[7] Lumen Gentium, No 40.

[8] San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 3, 19, 1

 

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San Juan Pablo II, el Papa de la Eucaristía, de la Virgen María y de los jóvenes.

La santidad no es una idea ni un sentimiento, sino una participación de la vida divina. Dios nos eligió desde antes de la formación del mundo para que seamos santos e inmaculados ante Él por el amor (Ef 1,4). Por eso, en la Biblia, que es una carta de amor de Dios, se insiste mucho: “Sed santos, porque yo vuestro Dios soy santo” (Lev 19,2; 20, 26). Y Jesús nos dice: “Sed santos como vuestro Padre celestial es santo” (Mt 5, 48). Así que tú y yo, y todos “los santificados en Cristo Jesús, estamos llamados a ser santos” (1Co 1, 2). Los creyentes, como los santos de Dios, son “una raza elegida, un sacerdocio real, nación santa” (1Ped 2, 9). La nación santa ya no es Israel, sino la Iglesia de Dios. Fuimos creados para ser santos por el sacramento del bautismo que nos regala Cristo en el sacrificio de la cruz.

 Santidad en la Iglesia

En la historia de la Iglesia ha habido santos de todos los colores, de todas las razas y en todos los tiempos y lugares. Ninguna profesión tiene la exclusiva de la santidad y ninguna está excluida de ella. Hay santos desde todas las edades y condiciones, desde niños pequeños a abuelitos, desde débiles doncellas a robustos soldados, desde reyes o Papas a agricultores analfabetos.

De la historia de los Papas de la Iglesia, muchos de ellos han sido declarados santos. Para nosotros la imagen de Juan Pablo II es una imagen viva que nos hace pensar en cada palabra que dirigió a la humanidad. Con la fuerza del Espíritu Santo el Papa apeló al amor que convierte los corazones y da la verdadera paz del cielo. Se podría decir muchas del Papa Juan Pablo II, pero quisiera resaltar tres aspectos muy sobresalientes de su vida.

  1. Juan Pablo II y la Eucaristía

La Eucaristía es “Dios con nosotros”, el Emmanuel. “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (S. Juan 1). Es en la Eucaristía donde se da el alimento que santifica y da vida eterna. Todos los santos han sido eucarísticos, allí descubren la gran promesa de Jesús: “Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo”. (Mt. 28, 20) Y está con nosotros para actualizar todo su poder salvador y santificador en cada generación.

El Papa Juan Pablo II fue un gran adorador de la Eucaristía, era un hombre de oración constante delante del Santísimo sacramento del altar. El Papa en una homilía para la solemnidad del “Corpus Christi”, expresaba: “La mirada de los creyentes se concentra en el Sacramento, donde Cristo se nos da totalmente a sí mismo: cuerpo, sangre, alma y divinidad. Por eso siempre ha sido considerado el más santo: el “santísimo Sacramento”, memorial vivo del sacrificio redentor”.

El mundo de hoy parece resistirse a la santidad. La ciencia y tecnología lo han bombardeado: Internet, telefonía celular y  televisión. Los valores no le dice nada, el consumismo, el hedonismo y la cultura hecha moda lo han dejado sin fuerza y en un agotamiento que tiende al fatalismo. A ese mundo frio y distante les predicó el Papa Juan Pablo II, predicó el amor que hay en la Eucaristía. Siempre nos invitaba que había que volver a Jesús eucaristía como fuente de santificación y salvación.

  1. Juan Pablo II y la Virgen María.

La devoción de Juan Pablo II por la Virgen viene desde su infancia. Era especial hacia la Virgen de Czestochowa, en Polonia. Cuando fue elegido como Papa en 1978, esa devoción aumentó aún más. En su escudo papal se distinguía una gran “M” que simboliza a la Virgen. Su lema apostólico es “Totus tuus”, “Todo tuyo”, un signo de su consagración personal a la Virgen María. Fue una Papa que sentía un amor hacia la Virgen muy especial, visitaba los santuarios como Fátima en Portugal, Lourdes en Francia, Aparecida en Brasil, Guadalupe en México, Chiquinquirá en Colombia.

En su pontificado, Juan Pablo II confió el mundo a la protección de la Virgen en tres ocasiones. La primera fue en Santa María la Mayor, en Roma. Un año después lo hizo en el santuario de Fátima, en Portugal. La tercera vez fue en 1984, en la plaza de San Pedro. En el Jubileo del año 2000 también confió el nuevo milenio al Inmaculado Corazón de María. En sus escritos demostraba su gran devoción por la Virgen y especialmente por el santo rosario. Con amor hablaba del poder del Rosario y de la importancia de la Virgen en el Evangelio. También insistió muchísimo sobre cómo Ella es capaz de acercar a las personas a Dios. Había una unidad muy especial entre el Papa y la Virgen, ese amor se hacia evidente en cada homilía, en cada Encíclica en cada visita pastoral porque Ella lo conducía con sus manos amorosas de madre.

  1. Juan Pablo II y los jóvenes.

Todo ese amor, toda esa luz, toda esa gracia en el corazón del Papa no lo guardó para si mismo, al contrario el Vicario de Cristo predicó con gran poder del cielo. Entre los mas atraídos fueron los jóvenes. Los jóvenes percibieron en él palabras auténticas, se sintieron respetados, valorizados y tomados en serio Les habló de la vida allí donde no escuchaban otra cosa que muerte, droga y suicidio; de fracasos en el campo afectivos con el divorcio, las relaciones precoces y demás plagas sociales. El Papa de la sonrisa siempre nueva tuvo fe en ellos y a la vez les regaló fe en la vida. Les dijo que era posible vivir y triunfar en ella y les explicó incluso cómo hacerlo.

Juan Pablo II hacía ver que Dios no es un código de normas, sino una persona en la que creer, en la que esperar y con la que vivir un amor intenso, fiel y recíproco durante toda la vida. Los jóvenes veían que su modo de hablar de Dios brotaba de una experiencia personal, madurada a lo largo de toda una vida. Que este testimonio del Papa nos haga tomar en serio la santidad que nos pide Dios porque sin santidad no se puede entrar al reino de los Cielos.

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La gratitud y su poder ante Dios

Lecciones de un samaritano curado de la lepra

+ Evangelio según San Lucas, 17, 11-19

Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.”

Al verlos, les dijo: “Id a presentaros a los sacerdotes.”

Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias.

Éste era un samaritano.

Jesús tomó la palabra y dijo: “¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?”

Y le dijo: “Levántate, vete; tu fe te ha salvado.”

Palabra del Señor

  1. La enfermedad y las tragedias unen a los seres humanos.

El Evangelio de Lucas nos narra el dolor de diez hombres unidos por una desgracia común: la lepra. La enfermedad y la miseria reúnen a las personas y les hacen olvidar los odios nacionales y las diferencias que les divide. Uno de ellos era samaritano, era de un pueblo que no eran aceptados por los judíos, pero el dolor, como tantas veces, cumplió su misión de unir a los pueblos. Esperan desde lejos como avergonzados por la impureza que tenían sobre sí. Creían que Jesucristo los rechazaría también, como hacían los demás. Por esto se detuvieron a lo lejos, pero se acercaron por sus ruegos. El grito de estos diez leprosos es conmovedor para la fe; desde lejos para no ser rechazados le dicen a Cristo: Jesús y maestro

  1. Id a presentaros ante los sacerdotes

Jesús les da una orden y ellos hicieron el movimiento de la fe, aún sin comprender, y en el camino descubrieron el fruto por haber creído. Eran impuros, y mientras no sanaran, no tenían ningún derecho social ni religiosos. Al ser curados debían presentarse ante el sacerdote para que éste avalara su curación y le permitiera reintegrarse a la sociedad, al culto y a la familia. San Lucas nos dice que Jesús iba a Jerusalén y su Mesianismo iba a ser proclamado, no por boca de dos o tres testigos, sino por la boca de diez testigos.

  1. El samaritano regresa a agradecer cuando toma conciencia que algo había cambiado en su vida

Sólo conocemos la experiencia posterior de uno de los diez. Entonces, uno de ellos, como se vio que estaba limpio, volvió e hizo tres cosas:

  • Glorificaba a Dios a gran voz. ¡Qué fuerza se produjo en él; qué reacción tan maravillosa; qué gracia nueva invadió su cuerpo y qué gozo llenó su corazón!
  • Se postró a los pies de Jesús. El samaritano dejó de conformarse con lo bueno y decidió hacer lo mejor, se convirtió en un adorador.
  • Dio gracias. La fe le dio piel sana, pero la gratitud le dio un corazón nuevo, el de un verdadero adorador. Este hombre comprendió que Jesús quiere regalar mucho más, no sólo salud, sino también salvación.
  1. Jesús tenia más para dar: levántate, tu fe te ha salvado

San Beda el Venerable, presbítero y doctor de la Iglesia afirmaba algo hermoso al respecto de estos leprosos curados: “Si la fe salvó a aquel que se había postrado a dar gracias, la malicia perdió a los que no se cuidaron de dar gloria a Dios por los beneficios recibidos. Por estos hechos se da a conocer que debe aumentarse la fe por medio de la humildad, como se explica en la parábola anterior”.

Y san Bernardo afirma: “ Leemos que bien sabían «orar, suplicar, pedir» porque levantaron la voz para exclamar: «Jesús, hijo de David, ten compasión de nosotros». Pero les faltó una cuarta cosa que es la que reclama san Pablo: «la acción de gracias» (1Tm 2, 1), porque no regresaron y no dieron gracias a Dios”

Que hermosa lección que nos enseña el samaritano, recibió una mayor bendición que sus compañeros de dolor, debido a su agradecimiento, pues solamente, él pudo oír al Maestro decirle: Levántate, vete, tu fe te ha salvado. Vete a los tuyos, vete a ser feliz, vete a ser útil, vete a vivir de nuevo la vida, tu fe te ha salvado.

Son innumerables las veces que, de una manera u otra, Dios nos repite este imperativo.

  • Levántate, no estés humillado.
  • Levántate, no estés dormido.
  • Levántate, ponte derecho.
  • Levántate, ponte en camino.
  • Levántate, y recobra el ánimo.
  • Levántate y escucha, que quiero hablarte.
  • Levántate pueblo mío, se acabaron tus humillaciones y depresiones.
  • Levantaos, vamos. Levantaos, no tengáis miedo.
  • Levantaos y orad.

Oración.

Señor Jesús, aquí me tienes. No tengo otra esperanza. Tú me conoces. Ante ti está mi miseria. Ante ti están también todos mis deseos. Sólo tú puedes curarme. Tú eres el único que tienes palabras de vida eterna. Espero en ti, Jesús, espero en tu Palabra, porque tu misericordia es inmensa y te adoro. Te pido el don de un corazón humilde y dócil que se deje convencer por la fuerza persuasiva de tu Espíritu para decirte gracias.

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El buen samaritano

¿Por qué Jesús resalto la bondad de un samaritano y no la de uno de su pueblo?

+ Santo Evangelio según San Lucas 10, 25-37

En aquel tiempo se presentó un letrado y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?” El le dijo: “¿Qué está escrito en la Ley?, ¿qué lees en ella?” El letrado contestó: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo” El le dijo: “Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida” Pero el letrado, queriendo aparecer como justo, preguntó a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?” Jesús le dijo: “Un hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo, dio un rodeo y pasó de largo.

Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó en una posada y lo cuidó. Al día siguiente sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más, yo te lo pagaré a la vuelta. ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?” El letrado contestó: “El que practicó la misericordia con él” Díjole Jesús: “Anda, haz tu lo mismo”

Palabra del Señor

Para Lucas desaparecen todas las barreras y fronteras, su tema principal es la salvación universal de Jesús para la humanidad: judíos, gentiles, piadosos y pecadores. En este texto bíblico aparece un doctor de la ley que lo interpela y quiere probarlo en su pregunta. En el judaísmo tardío se restringió el amor a los extranjeros, a los gentiles. La respuesta de Jesús lo lleva a pensar que el amor todo lo abarca, el amor es el sentido de la ley.

Dos enseñanzas sobre esta parábola:

  1. Ayudar a todos sin pasar de largo.

Estamos tan ocupados en lo nuestro que no tenemos tiempo para detenernos y ayudar al que ha sido herido y dejado medio muerto en el camino. Quizá al igual que sucedió en la historia, ha habido quienes hayan visto nuestra necesidad y han pasado de largo. Esto mundo individualista nos enseña a evitar los problemas, a huir de las dificultades, a que cada quién busque su propia salvación y eso nos hace egoístas recalcitrantes. San Juan Crisóstomo decía: “Si ves a alguien en desgracia no te pares a indagar: tiene el derecho a tu ayuda por el simple hecho de sufrir”

  1. Ve, y haz tú lo mismo

La enseñanza de Jesús es sobre todo practica. El samaritano no se siente obligado a cumplir una norma legal, responde a la situación del herido, aplicando toda clase de practicas para sanarle y aliviar el sufrimiento para restaurar su dignidad. El maestro de la Ley aprendió la lección y nos ordena a que hagamos lo mismo. Que en su nombre nos acerquemos al que ha sido despojado, herido y dejado medio muerto y seamos instrumentos en sus manos de misericordia y de servicio.

 Oremos.

Señor Jesús hoy reconocemos que tantos a nuestro lado sufren, otros pasan necesidad y a veces estamos ciegos, abre nuestros ojos para que podamos extender nuestra mano de amor al caído. Los hemos visto Señor y hemos pasado de largo y por eso te pido perdón, ayúdanos a ser como TU bueno samaritano para rescatar al que sufre y curar sus heridas, amen.

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Necesitamos fe

El poder de la fe cuando nace y crece como Dios quiere.

Lectura

+ Santo Evangelio según San Lucas 17,5-10.

En aquel tiempo, los Apóstoles dijeron al Señor:

-Auméntanos la fe.

El Señor contestó:

-Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: «Arráncate de raíz y plántate en el mar», y os obedecería.

Suponed que un criado vuestro trabaja como labrador o como pastor, cuando vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dice: «En seguida, ven y ponte a la mesa?»

¿No le diréis: «Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo; y después comerás y beberás tú?» ¿Tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: «Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer.»

Palabra del Señor

Estudio

En los evangelios sinópticos, Jesús no hizo grandes y majestuosos discursos, sino que recurrió al uso de las “parábolas” con la finalidad de explicarnos el Reino de Dios y explicar así de una manera comprensible el actuar del amor de Dios. Dos enseñanzas:

  1. Pedir lo que no se tiene.

Es fácil imaginar la cara de decepción que tendrían los discípulos al escuchar de Jesús que si tuvieran fe como un grano de mostaza plantarían en el mar. Jesús es directo, se puede aumentar lo que existe, lo que no existe tiene que nacer primero para luego ir creciendo. Los discípulos no pedían un milagro, sino el don que produce las maravillas de Dios. También nos pasa a nosotros, experimentamos flaquear en la fe. Para muchos ante la prueba o dificultad no se es tan fuerte como se quisiera. Pero tenemos a un salvador que sabe comprendernos y tiene el tiene el poder de escudriñar los corazones y saber con profundidad que se tiene y de que se carece. La fe recibida como un don necesita de nuestra parte ser cuidada en el día a día y alimentarla para que vaya germinando poco a poco. No hay que desanimarse si no se tiene fe, Dios nos ayuda para que podamos tenerla y crezca. El Nuevo Testamento nos da razón de esto: Jesús tuvo compasión del desesperado padre del muchacho endemoniado, que exclamó: “Creo, Señor ayuda mi incredulidad,” y curó a su hijo enfermo (Mc. 9, 24); Tuvo compasión del apóstol Pedro, el cual la tormenta lo asusto tanto que se empezó a hundir (Mt 14, 31); Tuvo paciencia con Tomás hasta que tuviera la experiencia de creer (Jn 20, 29).

  1. Ser humildes para que crezca la fe

Jesús sigue hablándoles con ternura para que comprendan sus discípulos y también cada uno de nosotros. En esta parábola del esclavo, que hace lo que tiene que hacer sin ningún derecho a reclamar agradecimientos, está la sabia respuesta de Jesús. La raíz del aumento de fe, que es pura gratuidad por parte de Dios, hay que buscarla en la humildad humana. Los discípulos en relación a Cristo son siervos, y si realizan obras importantes es precisamente porque él les da la posibilidad de hacerlo; no tiene, por lo tanto, que mostrar su reconocimiento en nada; si algo hacen lo hacen por don de Dios. El Evangelio nos recuerda a un Dios liberador que nos llama a la grandeza de la vida eterna; nos enseñan mansedumbre y la constancia en el bien, mientras exteriormente padece estrechez y sufrimientos, en el corazón recibe consuelo. La fe ayuda al ser humano a sobrellevar los sufrimientos, y por otro lado los sufrimientos mismos ayudan en el fortalecimiento de la fe en Dios.

Meditación.

La pequeñez y la nada de un grano de mostaza. Esta manera de Dios intervenir se ha visto sobre todo en la misma vida de Jesús. Se encarnó en un pueblo pequeño, escogió a una mujer humilde Nazaret, nació en un pueblo insignificante, se valió de personas sin gran cultura ni prestigio, inclusive gente de mala vida, avaros recaudadores de impuestos y toscos pescadores para ser los mensajeros del Reino. La misma vida de Jesús es como esa semilla de mostaza que va caer a tierra, será muerto y sepultado, pero al igual que la semilla germina, Jesucristo resucita, y su reino comienza a crecer y a crecer, porque tiene el poder de Dios, capaz de crecer y de cobijar a la gente, capaz de dar sombra, capaz de sosiego, capaz de dar fruto, y con su fruto capaz de alimentar a los que ahí se cobijaron, a los que ahí habitan. Así pues, el reinado de Dios es silencioso, pero poderoso en el amor. La fe es un don que Dios nos da, y es una tarea que Dios nos encomienda. Como tarea la hemos de realizar día tras día, en las circunstancias concretas, que a veces pueden ser arduas y difíciles.

Oración

Padre Santo, tú que escoges lo pequeño para hacer crecer tu Reino de amor y de justicia, hoy nos dirigimos a ti para ofrecerte nuestra pequeñez y pedirte que nos ayudes a tener fe. Queremos que tu Reino germine y crezca en nosotros, nos transforme y nos levante, porque queremos ser parte de los que anuncias tu presencia en medio del mundo.

Contemplación.

“No te vanaglories si serviste bien a Dios: no has hecho más que lo que debías. Le sirve el sol; le obedece la luna, le sirven los ángeles: no nos alabemos de que le sirvamos nosotros”. San Ambrosio

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