¿Cómo enfrentar los miedos y las tempestades?

Ciclo C, año par, Martes XVIII tiempo Ordinario.

DEL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 14, 22-36.

Después que sació la gente, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaron a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo. Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento les era contrario.

De madrugada se les acercó Jesús andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo enseguida: “¡Animo, soy yo, no tengáis miedo! Pedro le contestó: “Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua”. El le dijo: “Ven”. Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: “Señor, sálvame”. En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: “¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?

En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo: “Realmente eres Hijo de Dios”. Terminada la travesía, llegaron a tierra en Genesaret. Y los hombres de aquel lugar, apenas le reconocieron, pregonaron la noticia por toda aquella comarca y trajeron donde él a todos los enfermos. Le pedían tocar siquiera la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaron curados.

Palabra del Señor.

jesus calma la tempestadSi de algo tiene que ser sanada nuestra sociedad, si de algo tienen que ser sanados muchos corazones es precisamente del miedo. Aparecen tormentas que asustan al ser humano provocándoles inseguridades. Las tormentas emocionales y espirituales son causadas por diferentes factores. En ocasiones son provocadas por la misma vida,  otras por personas, otras por uno mismo y otras por el maligno. Aunque vienen de diferentes fuentes, todas ellas tienen un propósito para nuestra vida.

En el evangelio de hoy Jesús nos enseña como sanar y enfrentar los miedos que ocasionan tempestades. La experiencia del apóstol Pedro nos enseña cuáles son los obstáculos a la hora de buscar al Señor y cómo podemos obtener la victoria sobre esos temores que quieren hundirnos al momento de seguir a Jesús.

Cuando tuve la oportunidad de celebrar la Eucaristía en una barca en ese lago de Tiberiades,  pensé que para el apóstol Pedro caminar sobre las aguas  tempestuosas de ese lago tuvo  que ser una  experiencia   que recordaría siempre. En esta enseñanza vamos a aprender de su vida de fe. Nosotros también hemos dudado al sentir los fuertes vientos que se presentan en nuestra existencia y nosotros también hubiésemos reaccionado de la misma manera o peor que Pedro. Lo importante de esta experiencia de Pedro es aprender que Jesús está dispuesto a extender su mano para no dejarnos hundir.

Miremos el itinerario de una fe que aprende a confiar como el apóstol Pedro:

1.    Las tormentas traen el miedo.

El miedo es una emoción dolorosa, ocasionada por la proximidad de un peligro, real o imaginario, y que está acompañada por un vivo deseo de evitarlo y de escapar de la amenaza. Es un instinto común a todos los seres humano del que nadie está completamente libre. Nuestras actitudes ante la vida están condicionadas en gran medida por esos temores que brotan de nuestro interior, en grados tan diversos que van desde la simple timidez hasta el pánico desatado, pasando por la alarma, el miedo y el terror. Esta sensación   es el resultado de una fuerza exterior  que ejerce su fuerza sobre nuestro interior para hacer que creamos y veamos un panorama oscuro con un futuro peor. Los temores nos hacen reaccionar de maneras diferentes, los apóstoles empezaron a gritar de terror, pero Jesús les habló enseguida: ¡Animo, soy yo, no tengáis miedo!  Jesús se da a conocer. La palabra «¡Animo!» disipa el te­mor provocado por la aparición y por las olas contrarias en el lago de Galilea.

2.    Todo miedo desaparece cuando se escucha la voz del Señor y su mano nos sostiene.

El Apóstol Pedro se arriesgó a caminar sobre las aguas, pero fracasó y aprendió la lección del maestro, le faltaba fe porque había miedos todavía en su corazón y por eso empezó a hundirse. Pedro enfrentó esta situación y pudo aprender y también nos enseña a nosotros hoy.  Una buena parte del miedo es tener que esconder cosas, es temer que se revele lo que realmente somos.  Al igual que Pedro y también nosotros, tenemos que escuchar la voz del Señor y dejar que su mano nos  sostenga para no dejarnos hundir por los miedos, por las tormentas, por las olas de muerte. El salmo 18, 5 dice;  “Las olas de la Muerte me envolvieron,  me aterraron los torrentes devastadores,  me cercaron los lazos del Abismo, las redes de la Muerte llegaron hasta mí. Pero en mi angustia invoqué al Señor,  grité a mi Dios pidiendo auxilio,  y él escuchó mi voz desde su Templo,  mi grito llegó hasta sus oídos.”

Aquí está la clave invocar al Señor, él no te dejara hundir. Muchas veces experimentamos que al seguir a Jesús aparecen los vientos fuertes del pecado y de una o de otra manera han querido derribarnos y hundirnos, pero es en esos momentos en donde tenemos que reconocer que Jesús jamás nos dejará hundir, sino que a nuestro llamado de auxilio siempre estará presente para extender su mano y socorrernos. La única solución siempre consiste en buscar siempre al Señor como lo hizo Pedro, este apóstol no intentó regresarse a la barca, ni le pidió ayuda a los demás apóstoles, sino que invocó al único que podía ayudarlo. Todo lo demás que hagamos para intentar vencer al temor son paliativos momentáneos pero nunca quitaremos su raíz destructora. Pedro se enfrentó a sus propios temores y Jesús lo confrontó para que pudiera sanar y  poder tener seguridad en el maestro. El buscar al Señor nos ayudará a vivir en paz, con confianza con fe y  con una actitud diferente en medio de la atmósfera de tormentas de temor que cubre el mundo en que vivimos.

Posiblemente has sentido en tu vida que los vientos fuertes te han atacado, sientes que tambaleas y que poco a poco te das cuenta que te está hundiendo, en el nombre de Jesús te digo con seguridad que ÉL  no te dejará hundir pues él te agarrará con  sus manos llagadas y no te soltará hasta que no estés en puerto seguro con ÉL.

Oración.

Al igual que los apóstoles que se postraron para adorarlo también nosotros postrémonos delante de su presencia y digámosle: “gracias Jesús porque cuando fallamos  tu nos perdonas; cuando estamos perdidos tu eres el camino; Cuando tenemos miedo tu eres nuestro fuerza; Cuando tropezamos tu nos sostienes; Cuando estamos lastimados tu nos sanas; Cuando estamos quebrantados tu nos restauras; Cuando tenemos hambre tu nos alimentas; Cuando tenemos miedo tu nos socorres; Cuando tenemos problemas tu nos consuelas y  cuando llegue el día de  la muerte, tu Señor nos llevaras a la casa del Padre Celestial, amen. 

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EN EL CAMINO DE LAS AMARGURAS JESUS SANA NUESTRAS AFLICCIONES.

Ciclo A, Tiempo de Pascua,
Domingo de la tercera semana.

DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 24,13-35.

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: “¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?” Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replico: “¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?” Él les pregunto: “¿Qué?” Ellos le contestaron: “Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.”

Entonces Jesús les dijo: “¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?” Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.

Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo: “Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.” Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció. Ellos comentaron: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?” Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: “Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.” Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor

Sin títuloEl Evangelio de San Lucas es el único que nos relata este  hermoso encuentro de dos discípulos desilusionados ante Jesús que es fuente de amor y alegría. La intención de Lucas en esta narración de los discípulos de Emaús es catequética. Este dato es importante a la hora de determinar el sentido del relato: éste no va en línea apologética (demostrar la resurrección de Jesús), sino en línea catequética (mostrar las vías de acceso a Jesús resucitado, cómo encontrarse con Jesús resucitado).

Aquellos dos hombres, que habían convivido con Jesús, que habían escuchado tantas veces sus enseñanzas y visto sus milagros, se han desilusionado con la muerte del Maestro. Les ha embargado la tristeza y la desesperanza. Estos dos habían escuchado la buena noticia, habían escuchado que Jesús está vivo, que el sepulcro no tenía la última palabra, que la fuerza de Dios es más grande que  la muerte. Pero tenían dificultades para  creer. Sus ojos eran incapaces incluso de ver al Resucitado, que estaba con ellos.

También nosotros hemos escuchado la buena noticia de Jesús. También a nosotros se nos ha dicho, que el Señor está vivo. Pero también nosotros, como discípulos desilusionados, a veces vamos por esos caminos incapaces de aceptar las buenas noticias, porque estamos bombardeados de malas noticias.  Sabemos tanto del poder del mal, que cuando nos llegan a contar que  Jesús sigue haciendo maravillas no tenemos vigor ni la fe  para creerle a Jesús.  Por eso el Evangelio de hoy tiene una fuerza de amor, una gracia de salvación poderosa. Cuatro pasos de sanación interior que nos regala Jesús desde esta experiencia de sanación y de amor.

La primera consiste en hablar, en desahogarte con Jesús, en poner nombre a todas nuestras zozobras y miedos, en sacar afuera la frustración que guardamos en nuestro interior, en contársela con pelos y señales a ese misterioso pedagogo que camina con nosotros y que nos pregunta: “¿Qué asuntos te roban la paz y te angustian? ¡Cuéntamelos! Cuando nos atrevemos a contarle a él lo que nos pasa hemos puesto en marcha un proceso de sanación. No te quedes con anda cuéntame todo a Jesús, ora delante de Él y dile las situaciones que estas enfrentando.

La segunda etapa consiste en escuchar. En la primera, Jesús, como buen terapeuta, ha sido todo oídos para que nosotros pudiéramos ser todo palabra. Ahora se invierten los papeles. Nos toca a nosotros escuchar su Palabra. Esta palabra se nos transmite, sobre todo, en la Escritura. Volver a la Escritura con humildad, sin ansiedades, es el único modo de que nuestro corazón decepcionado comience lentamente a arder. ¡Sólo la Palabra enciende de nuevo las ascuas que están debajo de nuestras cenizas!.  “¿No ardía nuestro corazón…?”.  Hasta cuando hay que leer el texto? Hasta que arda el corazón. Buscar al Señor hasta que arda el corazón por EL.  Escucha a Jesús, no escuches otras voces que te desaniman, te juzgan, te recriminan, te condenan, la voz de Jesús es dulce como la miel de un panal que destila.

La tercera etapa comer el Cuerpo y la Sangre de Jesús. A los discípulos de Emaús sólo se les abren los ojos, sólo reconocen al extraño compañero de camino, cuando éste se queda a cenar con ellos y les parte el pan. También hoy para cada uno de nosotros la eucaristía es el “lugar del reconocimiento”, en el doble sentido de la palabra: de acción de gracias y de caer en la cuenta de los regalos de Jesús para la humanidad. Ambas cosas son necesarias: la Escritura y la Eucaristía. La Escritura inflama el corazón aburrido o desesperado. La Eucaristía quita la falta de comprensión. Nos da el don de sabiduría para entrar en el misterio de Dios, que es muerte y resurrección. Es increíble como Jesús los rescata de la incredulidad a la fe viva, de la torpeza de hombres, a las claridades espléndidas de la palabra de Dios interpretada por el mismo Verbo de Dios

La cuarta etapa finalmente, acoger el testimonio de otros y en comunicar el propio. Los discípulos de Emaús tras reconocer al Resucitado, han pasado de ser miedosos a ser misioneros. Curiosamente, cuando se encuentran con la comunidad, no son ellos los primeros en contar lo que les ha pasado, sino que aceptan la confesión de fe de los Once y de sus compañeros: “Es verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón”.

Hablar, escuchar, comer y comunicar son los verbos que marcan las cuatro etapas de un profundo encuentro con el Resucitado. Ellos fueron sanados porque salieron del miedo de la cruz, a la alegría de sufrir por Cristo. De la dispersión, a la comunidad. De la huída, al seguimiento fiel al estilo de Jesús, hasta el martirio. Maravilloso eres Jesús, que obra tan hermosa hiciste con ellos y la haces con nosotros.

Los discípulos de Emaús no son sino prototipos de lo que tú y yo somos. En su aventura de fe encontramos luz para comprender mejor la nuestra y la seguridad de que Cristo ha resucitado y hay motivo cierto para la esperanza.

OREMOS.

¿Por qué estás triste? Necesitas  ¡más dinero!, ¡más placer!, ¡más honores!, ¡más vicios!, ¡más triunfos!. Te lo voy a decir lo que más te falta es Jesús. Lo que él tiene en abundancia es lo que a ti te está haciendo falta: amor, paz, tranquilidad, perdón, confianza, fe, gozo, santidad, salvación. Lo demás viene por añadidura.

Abre mis ojos, Señor a la luz de tu Pascua y Resurrección. Abre míos ojos, Señor para reconocerte vivo delante de los que pregunten por ti.  Abre mis ojos, Señor, como abriste los ojos de los discípulos de Emaús.  Abre mis ojos, Señor, para reconocerte en el pan de al Eucaristía. Danos, Señor, ojos de resurrección.

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Jesús, Buen Pastor, te amo y te necesito, con Tu Voz me abres caminos, entre espinas, rocas y lobos, a través de ti, puedo llegar al Padre Dios.

Ciclo A, Tiempo de Pascua,
Domingo de la cuarta Semana

EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 10, 1-10

En aquel tiempo, dijo Jesús “Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el guarda, y las ovejas atienden a sus voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.” Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: “Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante.”

PALABRA DEL SEÑOR.

SAMSUNG DIGIMAX A503A través de muchas imágenes y símbolos, San Juan nos revela la identidad de Jesús. Él es el vino nuevo de las bodas de Caná; el agua fresca del pozo de Sicar; el pan compartido para la multitud en el desierto; el nuevo templo de Dios; la luz del mundo; el camino, la verdad, la resurrección y la vida. En el texto del cuarto domingo de pascua, se manifiesta Jesús como el buen Pastor que guía sus ovejas.

A Jesús le gustaba partir de las costumbres y experiencias de sus oyentes para comunicar su mensaje, lo hace desde un lenguaje  humano para comunicar realidades divinas. Este relato del buen Pastor es una de las mejores muestras de ello.

La imagen del pastor viene del antiguo Oriente. En el Antiguo Testamento Moisés y David, antes de ser llamados a convertirse en jefes y pastores del pueblo de Dios, habían sido efectivamente pastores de rebaños, pero Yahvé los sacó para ser pastores del pueblo, una misión, un encargo de Dios para ellos.

Muchos pastorearon a Israel. En las pruebas del tiempo del exilio, ante el fracaso de los pastores de Israel, es decir, de los líderes políticos y religiosos, Ezequiel había trazado la imagen de Dios mismo como Pastor de su pueblo. Dios dice a través del profeta  Ezequiel 34, 16: “Buscaré la oveja perdida, traeré la extraviada, vendaré la perniquebrada y curaré la enferma”.

Jesús anuncia que ese momento ha llegado: él mismo es el buen Pastor en quien Dios mismo vela por su criatura. Ha venido al mundo para congregar el rebaño de Dios, para recogerlo de su extravío, para guiarlo, para defenderlo, para alimentarlo con su doctrina y con su vida, para conducirlo hasta el prado definitivo, junto a las aguas de la vida. Cristo lo ha llevado a feliz cumplimiento. Él es el Pastor único soñado por Ezequiel.

Jesús utiliza dos imágenes en el Evangelio de hoy, hablando de sí mismo: la puerta y pastor de las ovejas. Cristo se ha convertido en “la puerta de las ovejas”, en Mediador único por el que pueden salvarse los hombres, en virtud de su muerte-resurrección: “Tenemos entrada libre al santuario, en virtud de la sangre de Jesús. La salvación sólo la encontramos si hacemos pasar nuestra vida por él, aceptando su cruz y su resurrección.

Al Jesús decir yo soy la puerta de las ovejas, nos quiere decir que sólo a través de El, podemos entrar al redil y también a través de él se puede salir a pastos frescos.  La palabra “puerta” es llamativa en su sencillez y en lo que ilustra. Todos sabemos qué es una puerta y para qué sirve. Una puerta es una entrada, un portal, un modo de acceso. Cristo es una puerta preciosa, que empieza a abrirse en su nacimiento y sucesivas epifanías, dejándonos ver resplandores de la divinidad; se abre más a lo largo de su ministerio, invitando a todos a entrar por ella y explicándonos el interior de sus moradas, para quedar entera y definitivamente abierta en su Pasión, cuando el velo del Templo quedó rasgado para siempre. Son cosas y gestos de amor, que de por sí tienden a comunicarse.

El Señor Jesús es la entrada a la Salvación, la Paz, la Vida Eterna, la Gloria Divina. Puerta que se abre, nunca se cierra. Puerta que es promesa de pastos abundantes para las ovejas, o sea, posibilidad de vivir en el jardín de Dios, en su presencia, en su compañía, en su Amor.

Cuando se menciona a Jesús como el buen pastor lo que refleja es la seguridad que le brinda a sus ovejas. La oveja necesita dirección, protección, cuidado y buena alimentación. Toda la vida de Jesús fue un continuo buscar a las ovejas descarriadas: «Él vino a buscar y salvar lo que estaba perdido». Para eso descendió del Cielo, para cargar con nuestros pecados y para llevarnos sobre sus hombros a la Casa del Padre, haciendo con todos un único rebaño con un solo Pastor.

Jesús es el verdadero Pastor bueno y generoso que conoce nuestros nombres, nuestras características personales, nuestra historia y que nos ama con un cariño único e irrepetible. Él viene a buscarnos para sacarnos del pecado donde estábamos encerrados y conducirnos a la libertad de los hijos de Dios. Nos habla, educándonos con sus enseñanzas. Quienes le escuchan saben que sólo Él tiene palabras de vida eterna. Nos alimenta con su propio Cuerpo y su propia Sangre. Nos regala el agua del Espíritu Santo, la única que puede saciar nuestra sed. Nos conduce a la Verdad y la Vida. Nos ha amado hasta el extremo, manifestándonos lo ilimitado de su amor al dar la vida por nosotros. La verdadera felicidad consiste en acogerle y seguirle, porque nadie va al Padre, sino por él.

ORACIÓN.

Jesús, Buen Pastor, te amo y te necesito, con Tu Voz me abres caminos, entre espinas, rocas y lobos, a través de ti, puedo llegar al Padre Dios.

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Jesús tiene todo lo que necesitas.

A través de muchas imágenes y símbolos, San Juan nos revela la identidad de Jesús. Si no tienes alegría por la vida, Él es el vino nuevo de las bodas de Caná; tienes sed de amor, El es el agua fresca del pozo de Sicar; tienes hambre de salvación, EL es el pan de vida eterna; no tienes paz, EL es el nuevo templo de Dios; No tienes claridad ante la vida, El es la luz del mundo; no sabes a donde ir; EL es el camino; vives en la mentira, El es  la verdad; No sabes que camino elegir, El es la puerta para entrar al Reino de Dios; te atemorizan noticias malas, escucha la voz del buen Pastor; le temes a la muerte, El es la resurrección y la vida. 

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Con Jesús cada instante es tiempo de gracia: sanación y de salvación

Proclamación del Santo Evangelio según Lucas 1, 1-4; 4, 14-21

En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan.

Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido.

Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista.

Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.”

Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.”

Palabra del Señor.

jesus-predicandoLa Torah en sus libros del Éxodo (23, 10-11), Levítico (25, 1-7;18-20) y Deuteronomio (15, 1-6) establece cada siete años el año sabático en que la tierra debe reposar. Asimismo el libro del Levítico (25, 8-17; 23-28) establece, cada cincuenta años, un año santo de liberación para las propiedades y para los hombres que por la esclavitud hubieran perdido su libertad, proporcionando una motivación verdaderamente teológica: el único dueño de la tierra y de las personas es Dios.

Jesús el verdadero jubileo de Dios

Según la narración de Lucas, en la sinagoga de Nazaret, Jesús expone su programa de evangelización citando el texto de Isaías 61: “El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4, 18-19).

Así, pues, a partir de Cristo, todos los años son “años de gracia”. “Cristo es el Señor del tiempo, su principio y su cumplimiento; cada año, cada día y cada momento son abarcados por su Encarnación y Resurrección”. Con Jesucristo ha llegado el tiempo deseado, el día de la salvación, la plenitud de los tiempos

Jesús empieza su predicación proclamando un Jubileo “Un año de gracia del Señor”. Jesús es en verdad el “año de gracia” que Dios ha preparado para la humanidad. El primer signo del evangelio de Lucas es la presentación del programa de Jesús:

El Espíritu del Señor está sobre mí…

Me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres

Jesús vino a un pueblo necesitado y pobre, a un pueblo rodeado de calamidades y problemas. La gente estaba desanimada, decepcionada y buscaba desesperada una salida, alguien que les alimentara su esperanza. Jesús es la esperanza para el pueblo y para la humanidad.

Al escuchar este Evangelio tal vez  estés  desesperado, enfermo, abatido, cargado de pecado, de remordimientos y  de amargas decepciones. La Buena noticia para ti  es que el Mesías  murió por tus pecados, Dios te ama de tal manera que dio a su hijo unigénito para que todo aquel que en el cree no se pierda más tenga vida eterna.

 A pregonar libertad a los cautivos.

La cautividad, es la servidumbre espiritual de los hombres bajo el pecado y de Satanás. Reconozcamos que solamente el poder del Espíritu Santo nos puede liberar de nuestra condición de cautivos. Dejemos que Dios llene nuestras vidas de su poder santificador, que él nos lleve de gracia en gracia y de poder en poder.

y vista a los ciegos.

Jesús tuvo compasión y sanaba a los enfermos de dolencias físicas, su ministerio más importante fue la sanidad de los enfermos espirituales. Él sigue ofreciendo sanación a los enfermos espirituales hoy en día. Los milagros de Jesús confirmaron su autoridad y su mensaje.

Cuando el evangelio de Cristo mora en nosotros, somos personas con visión espiritual.

A poner en libertad a los oprimidos.

Vivimos en un mundo de opresión. Vivimos rodeados de racismo, barreras sociales, la explotación de obreros indocumentados, persecución de extranjeros indocumentados. Corrupción política, dictaduras en los países del tercer mundo, hambre, revoluciones, guerras, terrorismo. En Cristo hay esperanza para todos los oprimidos.

a predicar el año de gracia del Señor.

En el Año agradable del Señor ya no hay muerte, ya no hay dolor, ya no hay tristeza, solo hay gozo y felicidad. Ya no hay tinieblas, solamente el brillo de la gloria de Cristo. Nada mas doloroso ver a un ciego espiritual que no pueda ver los caminos de Dios, un cojo espiritual que no pueda andar por los caminos de Dios, un sordo espiritual que no pueda oír la voz de Dios, un mudo espiritual que no pueda proclamar su fe en Dios, pero nada más hermoso ver a Jesús tomar todas estas realidades y ser medicina para cada mal.

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JESÚS ES EL VINO NUEVO QUE PRODUCE GOZO Y NO PRODUCE MALESTAR.

Evangelio según san Juan 2, 1-11

En aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda.

Faltó el vino, y la madre de Jesús le dijo: “No les queda vino.”

Jesús le contestó: “Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora.”

Su madre dijo a los sirvientes: “Haced lo que él diga.”

Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una.

Jesús les dijo: “Llenad las tinajas de agua.”

Y las llenaron hasta arriba.

Entonces les mandó: “Sacad ahora y llevádselo al mayordomo.”

Ellos se lo llevaron.

El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llamó al novio y le dijo: “Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora.”

Así, en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria, y creció la fe de sus discípulos en él.

Palabra del Señor

314337_131937520281316_880001023_nA través de todo el AT, vemos que Dios se manifestó a la humanidad con “milagros” o “señales” en diferentes ocasiones.  Podemos notar que al menos tres fueron las épocas de más actividad milagrosa.

Época de Moisés y Josué

Estos milagros se dieron para confirmar la liberación del pueblo escogido, la promulgación de la Ley y del Pacto, el establecimiento del culto al Dios único y verdadero y la conquista de la Tierra Prometida. Según Éxodo 9, 16 el objetivo de los milagros en Egipto fue mostrar a Faraón que Dios era un Dios de poder.

Época del ministerio de Elías y Eliseo

También en esta época se dejan ver una serie de milagros maravillosos de estos dos ungidos de Dios, cuyo objetivo era sostener a los creyentes en la lucha implacable contra el triunfante paganismo.

Época del Exilio

Dios manifiesta su poder y superioridad sobre los dioses paganos, mediante los milagros que hizo con Daniel y sus amigos, con el objetivo principal de salvaguardar la fe de los que habían sido deportados.

El Nuevo Testamento

Registra numerosos milagros, con frecuencia  actos de sanación, a cargo de Jesucristo. Ellos son presentados por los escritores del evangelio como obras del Mesías, y se consideraban como parte de la proclamación del reino de Dios, diseñado para despertar y convertir a la gente del arrepentimiento para con Dios en lugar de provocar asombro simple.

Todos los milagros tuvieron un propósito,  probar que no hay nadie como Dios, que Él tiene completo control de la creación, y que, si Él puede hacer todos estos hechos milagrosos, entonces no hay nada en nuestras vidas que Él no pueda solucionar.

San Juan llama a todas estas acciones extraordinarias de Jesús, “signos” o “señales”, porque ellas nos dan a entender quién es realmente Jesús, y cuál es la misión que le ha sido encomendada. La intención que Jesús tenía al obrar un milagro, no era simplemente  causar una impresión fuerte en la gente que lo veía y escuchaba, sino que buscaba  abrir el corazón de las personas a su misión como enviado de Dios, y a su mensaje salvador.

Los Apóstoles tienen sin duda una cierta fe en Cristo desde el principio, cuando lo dejan todo y lo siguen. Pero se nos dice que después de su primer milagro, el realizado en Canaá, «manifestó su gloria y creyeron en Él sus discípulos» (Jn 2,11)

El tema principal del evangelio de Juan es la gloria de Jesús como Hijo de Dios.

Donde Jesús y María están hay abundancia.

La señal de Dios es la sobreabundancia. Lo vemos en la multiplicación de los panes, lo volvemos a ver siempre, pero sobre todo en el centro de la historia de la salvación: en el hecho de que se derrocha a sí mismo por la mísera criatura que es el hombre. Este exceso es su “gloria. Jesús hace los milagros sin tacañería, con magnanimidad. En este milagro de Caná no convirtió el agua en cualquier vino, sino en uno de excelente calidad.

La sobreabundancia de Caná es, por ello, un signo de que ha comenzado la fiesta de Dios con la humanidad, su entregarse a sí mismo por los hombres. El marco del episodio -la boda- se convierte así en la imagen que, más allá de sí misma, señala la hora mesiánica: la hora de las nupcias de Dios con su pueblo ha comenzado con la venida de Jesús.

El primer milagro en el evangelio de San Juan muestra una de las razones por la que Jesús bajó de los cielos: ofrecernos vida abundante.  Esta abundancia se refiere a la gracia de Dios. Lo que la ley no pudo alcanzar, lo efectúa Jesús: la purificación una vez para siempre, en vez de una purificación constante. Por medio de Jesucristo la gracia de Dios es copiosa: dando el sacrificio de su vida, cubrió multitud de pecados. Él mismo es `el vino’ del reino de Dios; es decir, el gozo, la alegría y el perdón.

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El rico y el pobre Lázaro: dos comienzos y dos finales diferentes.

Lectura del Santo evangelio según San Lucas 16, 19-31

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: “Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas.

Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán. Se murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritó: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas.” Pero Abrahán le contestó: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces. Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros.” El rico insistió: “Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento.” Abrahán le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen.” El rico contestó: “No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán.” Abrahán le dijo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.”

Palabra del Señor

Esta parábola de Jesús es una lección  impresionante e inolvidable acerca del peligro que encierran las riquezas cuando atrapan al hombre en la avaricia y no  ve las necesidades del pobre al que puede ayudar.

El relato comienza haciendo una cuidadosa descripción de un rico bien rico y un pobre  bien pobre. Jesús, verdadero maestro en la construcción de un relato, diseña las contraposiciones extremas de los dos personajes.

 Un rico que usó mal su riqueza.

 Jesús dice cuatro cosas de este hombre:

  • 1. “Era un hombre rico”.

El rico es un ser aislado que solo piensa en él mismo. La riqueza lo encierra en el egoísmo, lo separa de los demás. Acostumbrado a mirar exclusivamente su plato, lleno hasta el colmo, no ve al pobre que está a la puerta. Los perros ven mejor que él porque ven las llagas del pobre.

Un rico que vive rodeado de toda clase de bienes materiales deja que a su lado muera un pobre hambriento, enfermo y solo.

  •  2. “Vestía de púrpura y lino fino”.

 No actúa en contra de Dios ni tampoco oprime al pobre. Pero es un hombre de corazón duro, indiferente al sufrimiento de los demás. No comete ningún pecado mortal. Su único pecado era de omisión: se olvidaba del pobre. Tremendo pecado que ocultaba. El rico epulón había aprendido muy bien aquello de Caín: “¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?” (Gn.4,9).

  •  3. “Diariamente se daba esplendidos banquetes”.

 Cuando falta el amor, el hombre puede convertirse en un ser despiadado y cruel. Tenía este hombre las tres cosas que suele decirse hacen al hombre feliz: riquezas, vestidos preciosos, festines a diario, pero no pudo entrar al banquete del cielo.

  •  4.    Tuvo los bienes en vida.

El rico tuvo lo que quiso cuando vivía en la tierra. Recibió sus «bienes» (lo que él consideraba bienes) durante su vida, y vio que Lázaro tuvo sus «males». Recuerde que él no lastimó, golpeó o persiguió a Lázaro; pero tampoco lo ayudó. Él pudo haberlo ayudado porque tenía la capacidad y  dinero; pero no lo hizo. Por eso, mantuvo a Lázaro abajo y abandonado en este mundo. Vio que Lázaro tenía «males» aún cuando él pudo haberlo ayudado.

 Un pobre que no recibió ayuda.

 Lázaro parece encajar en el perfil del israelita piadoso: sin tierra, sin posesiones, sin herencia, sólo Dios es su herencia.

 Jesús dice cinco cosas de Lázaro.

  •  1.    Se llamaba Lázaro.

Se llama Lázaro y el hombre rico no tiene nombre. Esto es una diferencia muy grande: el ser conocido y honrado por Dios; y ser desconocido ni honrado por Dios. El hombre rico no conocía a Dios; por tanto, Dios ni lo conocía ni lo había honrado. Para Dios no tenía nombre. Por el contrario, Lázaro sí conocía a Dios y Dios lo conocía a él. Hasta su propio nombre, Lázaro, significa «Dios es mi ayuda o ayudador».

  •  2. “Tendido en la puerta del rico”.

El rico y el pobre están cerca, pero separados por una puerta. La puerta marca la barrera entre ambos, la frontera entre las élites y los que no cuentan: los mendigos.  La puerta puede servir para dejar entrar (abrir) o para impedir entrar o salir (cerrar), según esté abierta o no.

  •  3. “Cubierto de llagas”:

 El hombre rico estaba sano; Lázaro estaba lisiado, enfermo. Lázaro tenía llagas por todo su cuerpo por eso no podía trabajar ni obtener dinero para vivir. Estaba echado en la puerta del hombre rico; incapacitado para caminar. Era una persona de la calle, no porque así lo había querido sino porque estaba discapacitado. No tenía familia o amigos que lo amaran lo suficiente como para cuidar de él.

  • 4. “Deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico”:

 La diferencia entre los dos hombres es notable.  Uno vive suntuosamente y disfruta de todas las comodidades humanas como también prestigio; el otro está en vil pobreza, está enfermo, y está ansioso por participar en el más exiguo residuo de sustento de la mesa del hombre rico.

  •  5. “Pero hasta los perros venían y le lamían las llagas”:

 El rico llevaba vestidos de púrpura; el pobre tenía por vestido las llagas. No podemos ser indiferentes ante la miseria humana. Jesucristo se la cargó sobre sus hombros, se identificó con los más pobres, y curó sus dolencias y miserias.

 LA MUERTE LOS PUSO ANTE LA VERDAD DE LA VIDA DEL REINO.

Los dos murieron, pero qué gran diferencia en la muerte de ambos, Lázaro es llevado  por los ángeles como alguien invitado a palacio, sin embargo el rico fue sepultado y le hicieron sus funerales, me imagino que lo enterraron con todo su fausto. La muerte arrebató del hombre sus comodidades, sus placeres y todos aquellos bienes de su vida terrenal. Estaba inmediatamente en el infierno, en el lugar de miseria y tormento. Había vivido en un paraíso terrenal, mientras otros estaban hambrientos, enfermos, discapacitados, con frío, sin ropas, sin alguien que los rescatara y hasta moribundos

El hombre rico podía ver a Abraham y a Lázaro en el paraíso. Vio toda la gloria, comodidades, perfección y alegría del paraíso. Vio a Lázaro, aquel hombre que había rechazado y tratado como un ser inferior. Observó a Lázaro en la gloria y perfección de los cielos. El rico recordó sus pecados, sus comodidades, su tranquilidad, su desenfreno, sus placeres y sus extravagancias, las oportunidades que perdió de ayudar a Lázaro.  Este hombre enceguecido por lo que tenia no reconoció a Dios, ni la  Palabra de Dios, ni a Lázaro y a  ninguno de todos aquellos que estaban necesitados.

Este hombre pide que Lázaro visite a sus hermanos, pero no se le concede el deseo porque sus hermanos no harán caso.

Solo un Hombre, el Señor Jesucristo, se ha levantado de la muerte, y aún así los hombres siguen sin creer. No creen por falta de señales, sino por amor al mundo con todas sus criaturas, comodidades, reconocimientos, desenfrenos, egoísmo, placeres y honores.

Recuerda lo que dice San Basilio: “Al hambriento pertenece el pan que tú retienes; al hombre desnudo el manto que tú guardas, celoso, en tus arcas”.

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